El próximo suicida (fragmento de la novela de Iván Tokman)

En la Argentina de finales del siglo XIX ejercer la medicina tenía más de forense que de curador. Pero Alejandro Posadas ve donde otro no. Entre vahos de cloroformo, químicos fotográficos y cámaras de cine revoluciona la ciencia de su época. Descubre enfermedades, inventa técnicas quirúrgicas. Donde todos ven una atracción de ferias él inventa el cine científico. Entrega su vida a la ciencia y las enfermedades toman revancha, demasiado temprano. Iván Tokman nos introduce en ese mundo en su novela El próximo suicida, finalista del premio Clarín Novela de la cual compartimos un fragmento gracias a la gentileza del autor y Azulfrancia Editorial


  1.  

No recuerdo los días previos ni las horas por venir. Ese lapso impreciso de tiempo entre la llegada de la esquela y la partida del barco también es un torbellino confuso. Las imágenes me asaltan. El grito del chancho negándose a dejar este mundo, el culo del General Roca y tres gotitas de sangre sobre la pechera blanca del smoking del mejor hombre que pude haber conocido.

Nada volvería a ser igual luego de que un mozo del servicio protocolar trajera un mensaje a la oficina:

“Mi querido doctor, parto mañana a Europa. Le ruego encarecidamente que pase por casa. Deseo darle un abrazo de despedida.
Suyo, Alejandro Posadas”.

Suyo, Alejandro Posadas. Por primera vez noté la inconsistencia de la formalidad. ¿Suyo? ¿Mío? ¿Acaso era mío el doctor Alejandro Posadas? ¿Un pedazo de piel escamada, un pelo, un libro, un mísero pensamiento de mi maestro me pertenecía? Un abrazo de despedida. ¿Sería mío ese abrazo? ¿Serían suyos mis brazos? ¿Por qué tenía que darme un abrazo, él, tan poco dado a la corporeidad de los vínculos? Conocía todas las respuestas. Pero no las podía pronunciar.

Si el General Roca hubiera sabido de mis cavilaciones antes de la consulta no habría permitido que le realizase el tacto rectal; si se hubiese enterado después, me habría pasado por las armas. No tengo de qué arrepentirme. No había nada oscuro en lo más cavernoso de mi alma. Un amor puro alejado de la corrupción que nace en el silencio o en la noche.

Era la primera vez que realizaba esta práctica como tal y me dio un poco de asco. Mientras pensaba en mi maestro y la proximidad de la muerte, me adentraba adonde ningún otro ser humano se habría animado, el tramo final del aparato digestivo del hombre más poderoso del país. Ya en su segunda presidencia, luego de las mil batallas, se inclinaba ante mí, una especie de impostor que mantendría la boca cerrada. Había sido el practicante del cirujano más prestigioso y talentoso de estas tierras, y estaba casado con la hija menor del vicepresidente. Dos credenciales suficientes para que mi índice hurgara en lo sacro de la patria.

“Nada de qué preocuparse”. Con creces había conquistado el derecho a mis honorarios. Jabón, alcanfor y volver a casa. Pero allí no me esperaba la tranquilidad, sino un patíbulo. Mi hijo, ajeno a su destino, lo había bautizado Coco. Era un lechón de unos 25 kilos, rosado, taciturno e inmóvil, como si un inglés habitase el jardín que daba a la ventana de mi consultorio privado. Entre paciente y paciente solía fumar un cigarrillo y observar cómo correteaba el niño. Pero esos últimos días Luis no jugaba, sólo trataba de llamar la atención del cerdo.

Le tuve que pedir a la aya que se lo lleve a jugar bien lejos. La misión había sido encomendada a Casimiro, uno de los tres hombres de servidumbre. Como recompensa se ganaría todo lo que el animal llevaba por dentro. A pesar del calor, me vi obligado a cerrar los postigones que daban al patio. Pero la precaución no sirve de nada, debería saberlo ya. La consulta de un joven abogado, que traía consigo algo que parecía una patología congénita, se vio interrumpida por los gritos de la pequeña bestia. Fueron varios minutos en los que simulé que nada sucedía. Y de pronto el silencio.

Creo que mal diagnostiqué al pobre diablo. Difícilmente me haya importado. Para eso existen las segundas opiniones. La gente nace y muere todo el tiempo. Cerré el consultorio temprano con el objetivo de prepararme para la cena. Antes de retirarme volví a mirar la esquelita por unos instantes, ya conocía de memoria las palabras y, a pesar de que hacía mucho tiempo que no nos veíamos, podía imaginar la inflexión de la voz cuando fueron escritas. Guardé el sobre en el cajón, entre recetarios y viejos papeles.

Fernanda abrió súbitamente la puerta.

—¡Nicanor! Los invitados están por venir y vos todavía con el delantal blanco.

A través del vano el llanto del pequeño Luis invadió el consultorio.

Mi suegro insistía desde hacía varias semanas en que realizara una reunión cordial. Eso sería bien visto por el General. La cena era vana y protocolar. Nadie iba a aumentarme el sueldo por brindarla ni a echarme por no organizarla. El dinero fuerte entraba a las arcas por el consultorio privado. Tampoco me importaba en demasía. Lo que quedaba de las sucesiones familiares y la fortuna que iba a heredar mi esposa me dispensaban de la obligación de producirlo por mi propia cuenta.

Esa noche Fernanda se sentó junto a mí. Habíamos liberado los extremos de la mesa para los invitados. Una cabecera la ocupaba el General, obviamente. La otra , siguiendo la cadena de mando, se le había asignado a Norberto Quirno Costa, el vicepresidente de la Nación, mi suegro y el ideólogo de este ridículo encuentro. Uno de los laterales lo compartían el ministro de Obras Públicas Emilio Civit y Juan Alberto Larraín, un hombre con apellido patricio y rostro araucano que ocupaba la embajada chilena. En el centro de la mesa yacía el pobre Coco en su morguera de plata. Ocupando una esquina de la mesa, en su propia casa, Nicanor Magnanini, el hombre que tomó la decisión incorrecta y se casó con la mujer indicada. Yo.

El mayordomo ya había diseccionado a Coco y sus restos mortales se repartían en la porcelana. Roca, determinado como siempre, se aprestaba a pedir un segundo plato. Yo no había podido siquiera tocar mi porción.

Mi suegro, quien fuera embajador en Santiago, y Larraín debatían sobre líneas imaginarias en el Canal de Beagle y trataban de resolver en mi mesa lo que no habían podido lograr en infinitas rondas de negociación. Ambos hombres eran audaces esgrimistas de la oralidad. Avezados diplomáticos se insultaban mientras parecían halagarse y giraban sobre lo mismo una y otra vez con la secreta convicción de que lo mejor era nunca lograr nada. Roca intercambiaba una mirada con el cerdo muerto y con mi dedo índice. Sentí cierto orgullo al darme cuenta de que el General y yo teníamos algo en común. A ambos nos aburrían mortalmente estos dos imbéciles.

Nos aprestábamos para el postre cuando Civit, un mendocino vulgar con aires de haberse criado en algo más que un rancherío en el oeste del país, trataba de calzarse la bata equivocada. No sólo se atrevía a diagnosticar la migraña que aquejaba al embajador chileno, sino que se tomaba el atrevimiento de medicarlo con una copa de vino, aludiendo a una frase que atribuía al médico y químico francés Luis Pasteur y que yo no había escuchado en mi vida.

—“De todas las bebidas el vino es la más sana e higiénica”, ¿no es así, doctor Magnanini? —inquirió el ministro.

Palpé mi bolsillo. La esquela. Aún estaba ahí.

—Si me disculpan —y me puse de pie como única respuesta.

  1.  

Me escapé del convite atravesando el ala de criados hacia la puerta trasera. Al pasar por uno de los patios interiores me topé con la torpe figura de Casimiro iluminada por las brasas. Grandote y melancólico asaba en soledad los restos que le habían correspondido por el sacrificio de Coco. Me miró con un gesto de desesperanza. Casimiro no era hombre letrado, pero tampoco estúpido. Sabía que si me escapaba de una cena con el mismísimo general Roca algo grave estaba sucediendo. Sopesó con la mirada sus posibilidades, primero las entrañas a la parrilla y luego a mí, el patrón fugitivo. Si me acompañaba, el resto de los criados rapiñarían las achuras que se había ganado en buena ley. Pero teníamos una historia en común. La tristeza se apoderó de su semblante y me dijo con dignidad:

—Mande, doctor.

—Quedate, no es necesario que vengas. —Volví sobre mis pasos— Casimiro…

—¿Ni a la señora Fernanda?

—Ni a la señora Fernanda. Ya algo se me va a ocurrir.

A esas horas ya nadie recorría la avenida Alvear. Salvo las sombras de los árboles y el eco de mis tacos de madera sobre los flamantes adoquines. Ruido y penumbra me perseguían.

Miré hacia atrás en más de una oportunidad. No sé por qué. A esa hora nadie rastrearía mis pasos. Fernanda, siempre rápida de reflejos, urdiría una indisposición súbita. Roca lo vería como una oportunidad y habrían aprovechado mis sillones, mi whisky y mis cigarros para pergeñar oscuros secretos de Estado que un médico no debía escuchar.

Y yo, apuraba el paso, con las palabras de Posadas en el bolsillo del saco.

Dos años ya desde la última vez que había pisado su casa de la calle Victoria. El mucamo, un polaco ágrafo y nunca habituado al idioma español, me invitó a seguirlo escaleras arriba. Miré con atención a mi alrededor. Nada había cambiado demasiado. Una nueva biblioteca y cajas de libros de medicina traídos del extranjero que aún no se había tomado el trabajo de catalogar y ubicar en los anaqueles correspondientes. Después todo era igual, sólo que más triste.

Me senté en la sala contigua a la habitación de Posadas. A través del roble de la puerta llegaba la tos, demasiado fuerte para ser ocultada entre las manos, los pañuelos o las toallas.

Sonó un timbre interno. El polaco pasó ante mí sin mirarme. Segundos después salió de la habitación con una toalla hecha una pelota. Pude ver claramente el rojo asomando desde el centro.

—Adelante, Nicanor. No sea tímido.

Entré a la habitación. Como era habitual tenía el pelo engominado al cráneo, los enormes bigotes de punta impertérritos, pero el semblante demasiado blanco. Vestía smoking, pero esta vez su excéntrica vestimenta lo amortajaba. Tres gotas de sangre sobre la pechera blanca rompían la simetría. Golpeó un par de veces el colchón invitándome a tomar asiento a su lado. Sobre la cama estaba mi mentor. Esperándome a mí y, eventualmente, a la muerte.


El próximo suicida – 2021 Azulfrancia Editorial

Iván Tokman nació en la ciudad de Buenos Aires en 1977. Es egresado de la carrera de Guion de la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (Enerc). Es docente en la Enerc, en la Universidad Nacional de San Martín y dictó cursos en la Escuela internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños. Es guionista de cine – Pescador (2018), Reset (2020) – y de televisión, donde lleva más de veinte años trabajando en formatos de ficción y no ficción. Codirigió y coescribió el documental Tiempo Muerto (2010), galardonado en el 22º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata y declarado de Interés Cultural por el Honorable Congreso de la Nación. En 2018 ganó la beca de creación artística en literatura del Fondo Nacional de las Artes. El Próximo Suicida es su primera novela.

Autor

Un comentario

  • Me parece un gran adelanto y promesa de excelente literatura, como siempre, Gracias Barbaria !!!

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