El relato de viaje en la aldea global

A pesar de que la pandemia ha puesto en suspenso la posibilidad de viajar y conocer otros lugares, muy pocos dudan de que en unos meses, aunque quizás siguiendo nuevos e inéditos protocolos, podremos nuevamente subirnos a un colectivo, un tren o un avión para visitar otros lugares o volver a los ya conocidos.

En esta nota (*), escrita y publicada originalmente bastante tiempo antes de la pandemia, seis escritores hablan de libros que surgieron de viajes. Si las condiciones cambiaran más allá de lo esperable, estas obras bien pueden funcionar como testimonio de algo perdido pero a lo que siempre se deseará volver.

En el camino

Se viaja para llegar a regiones lejanas y exóticas, para descansar en lugares cercanos o distantes, para admirar el patrimonio cultural y artístico de otros países, para iniciar una nueva vida o para perderse en los recovecos o paisajes menos transitados de una ciudad ya conocida. Y también están los escritores y periodistas, que suelen viajar para volver con una crónica.

El relato de viaje vive cierto esplendor, aunque para mantenerlo a resguardo del marketing y de los clichés de la publicidad, sus cultores debieron reformular algunas de sus consignas. Sus precauciones tienen que ver, principalmente, con la necesidad de seguir contando historias sobre ciudades, pero escapando al tendido de lugares comunes que diseminan las nuevas tecnologías y la aceleración del turismo global. Ambas multiplicaron los destinos, pero también los relatos y los discursos. Hasta los lugares más insólitos e inhóspitos pueden ser objeto de posteos con fotos, videos y comentarios en las redes sociales. Para atraer la atención y la complicidad del lector (que probablemente haya realizado o esté por hacer el mismo trayecto o uno parecido), el cronista debe afinar la mirada, preguntarse qué buscar más allá de lo ya escuchado, y evaluar qué recursos narrativos son los más apropiados.

Un mundo propio

El español Jorge Carrión ha publicado varios libros de viaje. Uno es La piel de La Boca (sobre los años que vivió en ese barrio de Buenos Aires), al que define como «texto conventillo», fragmentario, hecho con materiales diversos como el diario íntimo o la entrevista.

Otro es Barcelona. Libro de los pasajes, un collage con muchas voces, crónicas, reflexiones y gran cantidad de citas sobre esos espacios o pasadizos de la ciudad donde vive. «En ambos intenté encontrar una forma literaria que sintonizara con la forma del barrio o de la ciudad que intentaba describir», señala Carrión. Entre esos dos libros está Librerías, un recorrido por los locales del género más emblemáticos y originales que existen en distintos países del globo. «A diferencia de los anteriores, Librerías no es local sino global, una vuelta al mundo ―reflexiona el autor―. Es imposible sintonizar con el mundo, hay en él infinitas frecuencias. Opté por un hilo conductor, un hilo de Ariadna que me guiara por el laberinto: las librerías».

A su vez, el autor tucumano Fabián Soberón publicó Ciudades escritas Cosmópolis, libros que reúnen un conjunto de crónicas de su paso de varios meses por distintas ciudades de Estados Unidos. Ambos, siguiendo uno de los modelos posibles del género, cumplen con la función de ser una autobiografía existencial y literaria. «La autoconciencia modifica el viaje y la escritura: viajo para escribir. La crónica es el terreno ideal para la experimentación y el cruce de registros. En el viaje la experiencia se acelera y se concentra, como si cada acción y desplazamiento fueran un nudo cuántico», señala Soberón.

También están los que escriben para establecer una distancia con las historias oídas, incluso aquellas que les llegaron de las personas más cercanas. Es el caso de Guillermo Astigarraga, escritor cordobés que durante años vivió en Estados Unidos y que escribió Belarús (romanización de Bielorrusia), relato en el que recoge las impresiones de su visita a la ciudad de Minsk, capital de ese país de Europa del Este. «El impulso de narrar surgió una vez que comencé a ver la ciudad ―comenta Astigarraga―. La ciudad se fue armando ante mi mirada como una especie de universo paralelo, un híbrido geopolítico más bien fallido, un extraño lugar que se había mantenido fuera del tiempo. La extrañeza y el asombro me llevaron a escribir, y también el deseo de entender mejor todo lo que ya había oído sobre ese lugar de boca de mi ex pareja».

En conflicto

Una forma más particular de crónica de viaje surge cuando se llega a una zona en situación de «conflicto permanente», como sucede en Israel y Palestina (más específicamente en Gaza). Un territorio pródigo en historias y versiones que circulan por las calles, las redes sociales y el frente de guerra. Eso es lo que retrata Sonia Budassi en La frontera imposible. «Si los viajes nos enfrentan a un ‘otro’, en este caso tenía que prestar especial atención a los relatos que hacen los vecinos cuando ese otro ―palestino o israelí― es visto como el mal total», dice la autora.

Otra manera de relatar la ciudad, aunque por fuera de los protocolos de la crónica y más cerca de la ficción, es la que ejercita la uruguaya Fernanda Trías en La ciudad invencible (una primera versión se conoció como Bienes muebles), donde articula narración, diario y crónica personal para contar una historia que surgió de los años que vivió en Buenos Aires. La ciudad aparece como escenario a veces ajeno y otras receptivo en el que la protagonista intenta dejar atrás al hombre del que se ha separado, pero que no deja de sobrevolar como figura amenazante. Y lo que se percibe es la tensión entre la ciudad como motivo principal o como telón de fondo. «Ante la necesidad de narrar esta historia, que también es una manera de narrar la ciudad, o de reflexionar sobre la imposibilidad de hacerlo, tuve que preguntarme sobre la forma ―argumenta Trías―. Pero creo que la forma y el contenido son inseparables. La forma ya viene implícita y yo, como escritora, solo tengo que aguzar el oído para entender qué forma me pide la historia. En este caso, la mezcla de géneros era imprescindible porque me interesaba cuestionar la idea de realidad y artificio».

Cómo contar

Una convención es que la crónica de viaje tiene que lograr transmitir el cimbronazo al que el yo se ve sometida, y además dar cuenta de la divergencia entre las fantasías previas y la realidad. Y para cumplir ese propósito, cada autor tiene su propia batería de recursos. Para Jorge Carrión, lo habitual es partir del periodismo, «con su voluntad de informar y su generosidad hacia los demás», para en algún momento llegar al ensayo, a la crítica literaria, y a las memorias personales. «Cuando creemos estar interpretando el mundo en realidad estamos explorándonos a nosotros mismos, a partir de nuestras limitadas experiencias y lecturas», señala.

Por su parte, Cynthia Rimsky, narradora y cronista chilena, autora de Poste restante y de varios libros enmarcados en el género, considera que lo fundamental es aprender a mirar y seguir las imágenes que llaman la atención. «Hay imágenes que me tocan y me hacen pensar, y buceo hasta que encuentro algo de lo que esa imagen tenga para decirme», señala. Mientras que Astigarraga asegura que más que revelar algo sobre el lugar que retratan, los cronistas pretenden «exhibir su propia mirada» sobre ese lugar. «Mostrar cómo observan, procesan e interpretan datos tangibles e intangibles y cómo reconstruyen lo mirado a través de la prosa», agrega.

Para Budassi, en cambio, uno de los objetivos es ensamblar con pericia los datos y la información previa con la personal. «En este libro me interesaba generar intriga ante un tema tan complejo, y que el lector pudiera identificarse ―señala―. Ante cada nueva certeza alcanzada por la narradora y el lector, al avanzar por Jerusalén, Belén e incluso Dubái, aparecía otro elemento que volvía a poner en duda lo anterior, una nueva intriga».

 

¿Viajante, turista, emigrante?

Frente a la masividad de los viajes y de los recursos tecnológicos y las redes, el cronista siente la exigencia de diferenciarse del turista clásico. Cabe preguntarse, en este sentido, en qué aspectos ambas figuras se acercan y se alejan. «El turista viaja para repetir los clichés del marketing. Yo viajo para escribir, para pensar el sentido de mi vida», afirma Soberón. Mientras que Rimsky asegura que esas dos figuras «quedaron superadas». «Yo hablaría del emigrante, del escritor que necesita vender crónicas y del consumidor de novedades», dice la autora chilena. Y añade: «Lo que los junta a todos es la desazón ante el descalce entre lo virtual y lo real, entre la promesa y lo que le acontece a ese yo que traslada su cuerpo a Tailandia, a Madagascar, a Costa Rica y sigue sin encontrar eso que es incomunicable».

Para evitar las ideas, sensaciones e imágenes previas que puedan condicionar la mirada, algunos consideran necesario recortar y avanzar sobre zonas aún vírgenes o escasamente exploradas. Ese recorte puede ser zonal, temático o siguiendo otros criterios. «En los pasajes o las librerías he buscado plataformas de observación que no hubieran sido transitadas previamente. Sigue habiendo, en nuestra época en que todo parece ser visible, lugares en los que nadie ha reparado. El deber del escritor es buscarlos y narrarlos»,  dice Jorge Carrión.

Astigarraga asegura: «La mirada condicionada por el dato previo es un mal que afecta a los viajeros que no poseen una curiosidad orgánica. Esos suelen ser, además, los viajeros que no leen. Para bien o para mal, el presente de la crónica, y su futuro, no depende de ellos». También advierte que cuando se viaja con curiosidad y atención, la tecnología «se apaga y muere», o al menos deja de interferir. Por el contrario, Budassi plantea que ante la facilidad para poder acceder a una primera impresión de una gran cantidad de lugares (sea entrando en Instagram o viendo un documental en la televisión), es necesario «esforzarse el doble». «No tanto por los condicionamientos previos sino para que ante la disponibilidad de relatos de viaje en todos lados, tu crónica aún siga despertando interés», afirma.

Trías, que habla desde la posición de narradora antes que de cronista, asegura que ha viajado por distintos motivos, pero que nunca lo hizo para narrar la ciudad ni para hacerse una impresión de ella. «Viajo para hacer algo concreto, y mientras hago lo que fui a hacer, dejo que esa experiencia me atraviese ―comenta―. Los lugares en los que viví se han vuelto recurrentes en mis cuentos no por el viaje en sí, sino porque cada vez me interpela más el hecho de no pertenecer al lugar en donde vivo, de ser constantemente extranjera, de no saber qué significa apropiarse de una geografía».

Libros

La piel de La Boca. Jorge Carrión (Del Zorzal)
Librerías. Jorge Carrión (Anagrama)
Barcelona. Libro de los pasajes. Jorge Carrión (Galaxia Gutenberg)
Ciudades escritas. Fabián Soberón (Eduvim)
Cosmópolis. Fabián Soberón (Modesto Rimba)
Belarús. Guillermo Astigarraga (Brutas Editoras)
La frontera imposible. Israel. Palestina. Sonia Budassi
La ciudad invencible. Fernanda Trías (HUM editora). Tuvo una primera versión como Bienes muebles (Brutas Editoras).
Poste restante. Cynthia Rimsky (Entropía)

(*) La versión original de esta nota fue publicada en la revista «Número Cero» del diario La Voz del Interior del día 2 de julio de 2017.

Autor

  • Licenciado en Letras Modernas y periodista cultural. También incursionó en la docencia y la escritura de guiones documentales. Publicó el libro de cuentos El fin de la intimidad, y tiene otro más inédito, además de uno de perfiles en preparación.

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