El saludo

 

Fotografías de Pablo Mensi

 

Mariano caminaba con paso tranquilo pero seguro por una de las calles céntricas, cuando lo sobresaltó el grito de Inés desde la vereda de enfrente. Respondió con una sonrisa y una mano al movimiento de los brazos levantados de ella, flameando de un lado a otro, cruzándose en el aire varias veces, inclinándola a izquierda y derecha. 

Raro tanto entusiasmo, pensó Mariano. Raro, también, el salto con que Inés dejó atrás el charco con agua de lluvia acumulada al borde de la vereda para correr a reunirse. Y más raro aún su atrevimiento: el beso sonoro que le dio en la mejilla derecha, rozando casi sus labios. Inés le acarició los brazos, que llevaba descubiertos, y lo tomó del cuello de la camisa para acomodárselo. Imposible no recordar que lo hacía siempre cuando vivían juntos, interceptándolo antes de que él saliera para el trabajo, poniéndose a jugar con su corbata mientras le exigía una promesa. Con semejante saludo, lo más esperable era que terminaran en la mesa de algún bar.   

Durante varias horas, en buena medida gracias a las cervezas, recorrieron con fluidez y pocos sobresaltos la vida de cada uno tras la separación, a veces ofreciendo detalles, otras protegiéndolos. A la desinhibición y la complicidad contribuía que el encuentro se diera en la ciudad portuaria y cosmopolita que en tantas ocasiones habían visitado juntos, la misma donde la casualidad solía augurar ―acaso cumplir― aventuras inesperadas y prohibidas. Distinta a la otra ciudad, baja y previsible, donde se habían conocido y enamorado y en la que todavía vivían ambos. 

En un codo de la conversación, Mariano sintió la urgencia de dejar de zigzaguear. La miró fijo a los ojos y después bajó la vista, como juntando valor. Deseaba volver sobre esos días en que las cosas habían terminado mal. Intuía ―incluso a veces tenía la certeza― de que podrían haber continuado de alguna forma tolerable, hasta llegar a ese presente, o a cualquiera. Un presente en el que pudieran pasear juntos, sin rumbo preciso, por esas mismas calles; entrar a cualquier hora a un cine, visitar un museo, conocer de primera mano la obra de un artista, cenar con amigos queridos. Inés, con movimientos rápidos y sencillos, deslizó sus dedos por el dorso de las manos de él y acercó su boca para, ahora sí, besar sus labios, dándole a entender que no, que por el momento se olvidara de eso. Él también la besó, suspendiendo todo pensamiento. 

Si bien estaban lejos de los hoteles donde se alojaba cada uno, no les costó encontrar otro en el que pasar unas horas. Una pieza anodina, que no remitía a la historia común ni a ninguna otra. Evitaron toda excusa, los prolegómenos que sobre el final de aquel pasado los habían demorado. Enseguida se sacaron la ropa y la tiraron al suelo, apurados por reconocerse. Disfrutaron y rieron, luego descansaron. Al despertar de la breve siesta permanecieron largo rato mirando el techo. En un momento Mariano se dio vuelta sobre el lado de ella, para hablarle. Pero apenas pronunció las primeras palabras, Inés puso el dedo mayor sobre su boca. Luego se levantó y fue al baño, envuelta en la manta que había quedado al pie de la cama. Le extrañó que ella cubriera su cuerpo, como si sintiera pudor de exhibir su desnudez ante el hombre con el que había compartido tantos años. 

¿Qué palabra lo ayudaría a describir lo ocurrido? Por la noche, ya en su habitación, se le ocurrió que la palabra «apagarse» tal vez serviría para comprender la secuencia, sobre todo su final: la imagen de Inés encima suyo, la progresión primero ascendente y luego descendente de sus gemidos, hasta quedar por fin agotados, cada uno sobre un costado de la cama. Volvió, también, a una imagen que lo había rondado durante la tarde, amenazando con acercarle otra explicación quizá no menos forzada y caprichosa. Pensó que el gesto de Inés con los brazos en alto, flameando de un lado a otro antes de saltar sobre el agua de lluvia y besarlo en la comisura de sus labios, había sido premonitorio. Era un saludo de reencuentro, pero también de despedida. 

 

Autor

  • Director y guionista de documentales. Graduado en la Universidad de Buenos Aires como Diseñador de Imagen y Sonido y cursó un postgrado en la Universidad de Barcelona como Guionista Cinematográfico. Últimamente está despuntando el vicio de la escritura en Barbaria.

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