Ellas ahora

naufragio

Soy una vieja, una mujer vieja. Tengo cuarenta años, pero soy una vieja. Me llamo Galilea. Podría llamarme Galatea, o Beatriz, o Paulina; pero no, me llamo Galilea. Con mi nombre, como con mi vejez, con mi eclipse, no hay nada qué hacer. Fui una criatura consentida, incluso durante los años de mi educación con las Monjas Azules, que invariablemente me parecieron unas viejas de mierda. A la hora de aprender siempre lo hice rápido, y lo primero que aprendí es que la vida no termina bien. A la salida del colegio caminaba por la vereda de la fábrica de chocolates La Cubana, pero nunca me animé a entrar. Mi primer novio era gangoso (todavía debe seguir siéndolo) y tenía anteojos estilo Gandhi. Tal vez desde esa primera experiencia amorosa odio todo lo anglosajón, aunque adoro la música cowboy: en especial un disco de Tex Ritter cuyo título es Conversation with a gun. Poco después vino el tiempo de las certezas. Hablo de la época de mi vida en que llegué a la conclusión de que las montañas se van a hundir y los mares subirán. Pero para eso falta muchísimo.

Tengo un único hijo. Él ve cosas en los espejos, personitas que lo quieren matar (pero él no quiere que las llame personitas sino persontitas). A veces lo encierro.

público

Tengo una tía que se llama Luna.

Cuando sea grande quisiera ser como ella.

A mi tía le agradaba sobremanera cultivar el arte de preparar un buen té.

También repetía que un día debería tomar la decisión pionera de ahogarse a sí misma.

Ese mal día se fue a vivir a Pennsylvania, a un pueblito llamado Tionesta, a orillas del Allegheny, interesante río que después de unirse con el Monongahela forman el Ohio.

Luna me escribió una sola vez, para decirme que se moría de frío.

Parece ser que mi tía se la pasó durmiendo hasta que una madrugada, o un atardecer, se despertó con la idea de crear una editorial de literatura latinoamericana.

Ahora sé que alguien le dijo que lo adecuado sería, entonces, que se mudara a una gran ciudad; si no a New York, al menos a Pittsburgh.

Recién ahora sé que Luna, mi tía, tal vez pensando en el cielo abierto sobre las riberas del Allegheny, le contestó a ese alguien que nada que ver, que una buena editorial era, en el fondo, un modo de intervención política en el seno de una sociedad.  (A decir verdad ella dijo algo así como fabricar un sortilegio para la noche y el viento pisoteados.)

Nadie me lo ha contado, aunque estoy segura que mi tía Luna debe haber pensado en una editorial que venda si hay que vender, pero que busque ante todo poner sobre la mesita de luz de las personas de Tionesta algo mejor cada noche.

Yo pienso, como mi tía Luna, que nunca hay que confiar en el libre albedrío del público lector.

(Salvo que uno quiera tomarse el pelo todas las mañanas, a pesar del obstinado insomnio.)

Cuando sea grande buscaré fabricarme mi propio público… como una débil pátina que opaque el espejo.

orgasmo

No importa el cuerpo que tenés sino cómo lo movés, me dijo una noche esa mujer, de unos treinta y ocho años aproximadamente, que por dos semanas fue mi pareja en las clases de salsa, y que además, lo sé por otra, una amiga, en estos días está tomando sus primeras horas de danza árabe. Creo que esa mujer es profesora de húngaro, un idioma imposible. Esa amiga, la otra, también me ha contado que en las pocas clases que esa mujer ha tomado, lo que mejor le sale es un paso que se llama “la vibración del agua”, o algo así, que es como si el aire recorriera tu cuerpo haciéndolo vibrar.

A mí me apasiona el tango, la música de tango (el tango cantado me parece similar al sonido de una cloaca tapada); pero jamás me atrevería a bailarlo. Esa mujer, cuyo único defecto es el color nicotina en dos dedos de su mano izquierda, no teme lo mismo que yo.

A mí me conmueven los umbrales y zaguanes de las casas antiguas, las que aún quedan en Alta Córdoba, o en barrio General Paz. Siento que son una sombra adecuada para dejarse morir, algo así como las mortajas que dejan olvidadas algunos vermes. El día o la tarde (las noches son para bailar) que agonice quiero que me conduzcan, como sea, como se les ocurra, a un zaguán así.

Estoy segura que esa mujer nunca se detiene a pensar en este tipo de cosas. Ella es fanática de otros pormenores. Ella siempre está haciendo vibrar los cuerpos que la tocan.

Cualquiera se da cuenta que yo sólo voy a las clases de música salsa por que, una semana entre muchas, me tocará bailar otra vez con esa mujer.


Las pinturas son de  Vilhelm Hammershøi (1864 –  1916) 


Más cuentos en Barbaria:

  • Psicoanalista y escritor. Ha publicado las novelas Elogio de la ceniza, El último safari, y Todos los nombres son su nombre; el libro de poemas Crónicas de los poetas desertados; el de cuentos Pagué y salí; los ensayos Locura y Horror, y Campos de locura, Campos de lectura.

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