En busca de los nombres perdidos (sobre Nada que escribir, de Sergio Colautti)

Nada que escribir es el título del último libro de Sergio Colautti. El escritor, de la ciudad de Río Tercero, propone a través de una serie de ficciones narrativas un recorrido que va desde el mar hacia adentro. Un periplo que comienza con la aventura de los conquistadores españoles en busca de tesoros escondidos en una ciudad imaginaria en el actual territorio cordobés. La travesía supone, al mismo tiempo, un movimiento hacia el interior de uno mismo: nadar río arriba para buscar aquello que yace en lo profundo de la propia experiencia. 

 

El paisaje que nos rodea, en ciertas ocasiones, abre un interrogante sobre el misterioso origen de los nombres. Es decir, plantea una pregunta sobre aquello que por primera vez fue visto y que por alguna razón –generalmente desconocida- se transformó en palabra. Nunca sabremos, luego de la creación, qué fue lo que apareció primero: si la luz o el verbo. La única certeza es que en el magma de ese secreto surgido entre las apariencias y las palabras se mece el conflicto de nuestra identidad.

Sergio Colautti, como otros escritores argentinos -Ricardo Rojas, quizás, la máxima figura- revela una inquietud poética por la toponimia autóctona. En sus textos, el escritor riotercerense advierte que los nombres de los lugares, al igual que todo en el cosmos, se organizan a partir de la confusión y el azar más que por principios lógicos y de orden racional.

La búsqueda comienza en el río que le da el nombre a su ciudad, aunque sin olvidar la exuberancia semántica y sonora de “Ctalamochita”, la voz originaria con la que antiguamente se lo conocía y en la que el eco de los talas y los molles reverbera de manera caprichosa. Si seguimos el curso del “tercer” río cordobés -nacido en las inmediaciones del cerro Champaquí- podríamos llegar hasta el majestuoso Río de la Plata. Al fin y al cabo, una canoa y la guía de una buena estrella serían suficientes para que un hombre de Río Tercero pudiera arribar por agua a las proximidades del obelisco. También -en un planteo de corte liberador- esa excursión fluvial sería, para los mediterráneos, la única salida al mar. 

Sin embargo, Colautti propone el recorrido inverso: desde el mar hacia adentro. Un periplo formidable que comienza con la aventura de los conquistadores españoles en busca de tesoros escondidos en una ciudad imaginaria en el actual territorio cordobés. La travesía supone, al mismo tiempo, un movimiento hacia el interior de uno mismo: nadar río arriba para buscar aquello que yace en lo profundo de la propia experiencia. Una lectura posible explicaría la presencia del metal y el agua en la raíz etimológica de “argentina”, un nombre con vetas brillantes en el que palpitan –como sístole y diástole- las figuras complementarias de la ambición y la esperanza. 

Pueblo medialuna

A medida que avanzan los relatos, el camino hacia aquello oculto e inaccesible va descubriendo la forma de una ciudad moderna contenida entre las insinuantes curvas de una medialuna. Literatura y agua aparecen, así, fusionados en una extraña simbiosis: palabras que discurren como algas iridiscentes a través de una corriente de sentidos capaz de transportar al lector por las más variadas escenas y personajes de una ciudad que se mira deslumbrada en el espejo del progreso mientras muestra su espalda al río. 

Entre sombras y resplandores, Colautti se detiene en una de las orillas para observar cómo un puñado de niños de los márgenes se aprestan a jugar, en curiosas danzas, con en el agua que corre arremolinada. La imagen, en su reverso, recupera el tiempo de la infancia. El recuerdo de cuando niños de todos los rincones, en algún momento, vivían en el río la experiencia fraterna de nadar juntos contra la corriente y luego –como camalotes en flor- descubrir los encantos de dejarse llevar colectivamente por el rumbo inesperado y aleatorio de las aguas en movimiento.

La escena de esos niños en el río marca la presencia de otro mecanismo subyacente en la obra de Colautti: sus experimentaciones con el lenguaje entendido como un juego. Así, a lo largo de sus relatos, aparecen referencias a escritores, enigmas, crímenes sin resolver -y otras fórmulas propias del policial-, coincidencias sonoras, anagramas, menciones de libros, citas históricas y alusiones a personajes entrañables desplazándose con soltura por las veredas de la ficción y la realidad, según lo requiera la trama. En la delicadeza de esos guiños y acertijos que el escritor arroja como perlas al fondo de un estanque, se esconde una estrategia certera para interpelar al lector. La búsqueda de complicidad, además, puede leerse como un recurso para volver sobre las rupturas y continuidades inscriptas -a sangre y fuego- en la historia argentina. Abismos y desencuentros, muchas veces, cifrados sutilmente en un nombre o en un silencio. Como esa pregunta que se insinúa con persistencia -aun cuando hayan pasado los años- en el corazón de un país en el que alguna vez se especuló con que todo podía ser olvidado: ¿Cómo es que alguien se vuelve invisible? y Colautti trae un nombre – “Vicente”- para recordar que tras una ausencia inexplicable no es posible continuar la vida como si nada hubiera sucedido.

Finalmente, otro elemento que se presentará especialmente connotado en torno al concepto de juego es el binomio padre-hijo. Esa conjunción –filial y lúdica- va a expresarse en la redondez de una bocha, en las formas perfectas de un limonero o en una noche de luna llena y boxeo. Sergio Colautti trabaja apasionadamente con el lenguaje: sabe nadar con estilo en un río que se volvió increíblemente transparente y también sabe hacer todo lo necesario para que el lector avance siempre a su lado, como flotando, en un recorrido fascinante en busca de los nombres perdidos. Una incursión por los laberintos de la historia, la literatura y el lenguaje, que no es otra cosa que la aventura del hombre tras los múltiples sentidos de su existencia. 

 

 

Nada que escribir
Sergio Colautti
Tinta Libre
76 páginas
2021


 

DESAJUSTE DE CUENTAS

¿Qué se amontona en la noche?
¿qué canción vuelve a crecer,
qué vino por las cantinas
florece al anochecer?
Uno se queda y alguno
lo viene a compadecer
y todos estamos solos,
tristes, queriendo querer.

Manuel J. Castilla
(“Canción de las cantinas”)

 

Es lo que nunca supe entender: qué estaba bien. O mejor: cuál es camino que te permite escapar del laberinto del modo más feliz, como si salieras sonriendo, ¿viste? Porque hay muchas instrucciones para salir, como un manual que te acercan la familia, la escuela, la sociedad, las leyes, las costumbres, todo eso. Pero nunca supe si había otro modo. Y él, me parece, lo intuyó temprano, y lo puso en práctica en su adolescencia, lo pulió en la juventud, lo cultivó como una piedra preciosa en su madurez. Aunque el concepto de madurez, en él, era contradictorio con eso que descubrió: ser joven siempre, como un combate no declarado contra todo desvanecimiento.  Quizás la cuestión es más precisa: no ser viejo jamás, ni siquiera adulto; es decir, la contracara de la madurez, la más ardorosa disputa contra el sano y aconsejable equilibrio de la madurez. Algo así intuyó desde muy chico, seguro. Sin pensarlo ni menos teorizarlo, porque esas también serían formalizaciones contradictorias para su manera de entender la vida. Hasta quitaría lo de entender, porque ese acto también se fatigaba en su vitalismo sin fisuras, esquivo a todas las formas de comprensión que el manual dictaba. Vivir, para él, era arrojarse al día y acomodar el cuerpo en los sitios donde respiraba solamente un modo tenue de dejarse estar, como un gozante, en sus formas más sencillas y sensibles: una rueda de amigos, una cena que presidían las risas, la descripción brillante de alguna escena; esa cosa tan seria, el box, o de aquella otra, ineludible, el fútbol, el riesgo del azar en la baraja, la destreza del arrime y la chanta, la revelación de un secreto que la noche escamoteaba.

La escenografía que se repetía, tantas y tantas noches, como un teatro donde no se infiltraba el tiempo, donde las palabras y los gestos sostenían esa circularidad, impidiendo cualquier oxidación como la que afuera, en la vida misma, se deslizaba hacia un único lugar posible, la nada. Como olfateando ese derrotero, él volvía a girar en el teatro que se inventaba, o que construía, para estar y bromear, para tirar una bocha o discutir un gol, y sonreír, desatendiendo el afuera, eso que los otros llamaban lo real, esa palabra onerosa, o la responsabilidad, esa otra palabra, solemne y amenazadora.

Hasta es posible creer que todavía están ahí, él y ellos, danzando la danza de vivir fuera del tiempo, jóvenes siempre, irreales e irresponsables, claro, indiferentes el reclamo justo de quienes, como yo, lo necesitábamos afuera, lejos ya de esos rincones que desaconseja el manual. No sé qué se amontona en la noche, en esas noches, pero ellos siempre se quedan y alguno los viene a compadecer, y seguro que están solos, queriendo querer, pero nunca menos solos que nosotros, a veces sin saber querer. El y ellos inventaron un ínfimo cosmos, frágil y efímero, para hacer de cuenta que eso era todo, que se podía vivir ahí, estirando el placentero estar. Un cosmos frágil y efímero, como la existencia.

Será por eso que le gustaba Goyeneche. El fraseo del polaco, como un quiebre de la melodía que venía a decir otro registro vivo, palpable, sensible y traslúcido que el tango bien cantado no tenía. La garganta de Goyeneche era como su comprensión intuitiva de la vida, un quiebre, un tono subterráneo, donde se instalaba su modo de vivir, al costado de la melodía, lejos de cualquier dictado razonable del buen vivir.

Y al final estaba ahí, en el primer piso, como me indicó en médico, que me dijo que no me preocupara porque ya estaba, me dijo. Y entré a la sala, tan silenciosa. Estaba ahí, acostado, con el torso desnudo, los pantalones puestos y los zapatos extraviados, mirando nada. Pasaron muchos días, muchos años, y yo estaba parado al costado de la camilla, mirando la nada por primera vez. Cuando entró la enfermera le pregunté algo y me dijo que no, o creo que me dijo que no.

Esa insoportable quietud, ese detenimiento, esa ausencia de todo lenguaje y todo gesto, era exactamente la contraposición de su universo circular, su celebración mínima y colosal de cada noche de fulgor con ellos; todo lo que se amontonaba en las noches donde la memoria volvía para ser algarabía se disipaba, desvaneciéndose, en la noche helada de la sala, la camilla, el torso desnudo, indefenso y sin sentido. Yo estoy, de alguna manera, todavía ahí, palpitando el silencio que anticipa el mío, el nuestro, el de todos. Es en esa instancia, en ese punto exacto de la intuición existencial, donde él tenía razón. Una razón. Aunque más no sea una, pero la suya: secreta, invencible, inusitada.

Autor

  • Magíster en Comunicación y Cultura Contemporánea (Universidad Nacional de Córdoba). Docente en la UNC y en la Universidad Provincial de Córdoba. En 2018 publicó Al rescate de lo bello (Caballo Negro Editora), una compilación de textos del escritor y periodista Jorge Baron Biza, con quien colaboró en trabajos de crítica de arte. Participó en diversas publicaciones universitarias como Hoy la Universidad, revista Alfilo, Interferencia, entre otras. 

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