Entonces, Mariela…

Esta no es mi historia, porque la historia nunca es de uno, ni de nadie, ni siquiera de todos. La historia es, le gusta ser y hacer, transcurrir y discurrir. Esta es una historia, tan solo eso, y, como toda historia, guarda adentro suyo hilos de voz y de sangre, a veces ríos o mares, pero la mayoría de las veces vertientes, pequeños cauces que llaman arroyos, tramas, subtramas, mínimas ramificaciones que difieren en días, horas y segundos. Lo que tarda un latido en decir basta. O lo que tarda la respiración en recuperarse, después de una caminata larga, o un pique brusco. Hay tantas historias como se puedan fabular en la noche del dolor y el vértigo, o en luminosos días de luz, sol radiante, cielo límpido. Esta es una historia, tan solo una de tantas, de la chica que vino a Córdoba, algún día de algún mes olvidado de principios de siglo. Y esta es mi versión de los hechos. Pero —siempre el pero— justo ahora que escribo esto, dudo. No, esto no es eso, es algo menos, algo muchísimo más pequeño que una historia. Es un murmullo. Un susurro agazapado. ¿Qué otra cosa se puede hacer en estos tiempos, sino agazaparse, mientras el desfile del pandemónium hace su trágica aparición espectacularizada?

Pasa algo raro cuando alguien se va, cuando alguien se muere. Queda un hueco, un espacio que busca palabras que no siempre vienen, o aparecen en esa forma anterior al pensamiento. Sensaciones, imágenes inconexas, balbuceos mentales. Lo que se puede decir de alguien que ya no está difiere de lo que se puede decir, o incluso pensar, cuando ese alguien todavía está. Los actos que no serán quedan detenidos para siempre, esa palabra, ese mensaje que no llegó, porque se pensaba que habría otra oportunidad, habría otra ocasión. Ahora ya no hay ocasiones, sino ocasos. Pero (siempre hay un pero escondido debajo de alguna piedra) en ese declinar no todo es cuesta arriba. ¿O sí? Si se piensa en los que se fueron en este breve tiempo hay algo que se hace muy espeso. O muy largo. Mejor no darle espacio a esa lista imaginaria, porque las listas, bien sabemos, de nada sirven.

Entonces Mariela. Aquella chica de 28 años que en 2002 se vino a Córdoba, después del encuentro fugaz en una calle céntrica de la ciudad de Mendoza, con una española que estudiaba en la docta. De buenas ondas y coordenadas la gallega la invitó a la ciudad del cuarteto y la furia, con alojamiento y comida incluida, por cuatro meses.

Llegué a esta ciudad
enorme para mí
con poca plata
una mochila con ropa
y algunos libros
Caminaba de noche
por las calles del centro
daba vueltas hasta llegar a la pensión
Era una desconocida
sin nombre, sin edad, ni pasado
Feliz de haber quemado la naves.

Siempre escapamos de algo, y Mariela escapaba de Mendoza y sus fantasmas. Justo ese año, 2002, uno de los más difíciles de la Argentina siglo 21. Laudecina remite a “láudano”, ese opiáceo popular durante el siglo XIX. ¿Sería para Laudecina un láudano la escritura? Páramos contra el dolor. El láudano, al menos en este país, remite al General San Martín, que a su vez remite a su épico cruce libertador por la cordillera de Los Andes, donde más sino en Mendoza. La tierra de Laudecina, donde se crió y creció, donde transcurre su nouvelle Lo mejor es no tener padres, ambientada en los años ochenta en el departamento de Guaymallén; cruza de vivencias personales y ficción, y dicción, como toda la obra de Mariela.

Primera vez: entrar a Rubén Libros, pedir La novela luminosa y que Mariela me atienda. Yo sabía que era ella, pero ella no sabía que era yo, no nos conocíamos personalmente. Mariela estaba como ausente, abstraída. Pero fue decirle el nombre del libro y que ella se deslizara desde el mostrador hasta una de las bateas, se subiera a una escalerita y agarrara un ejemplar para dejarlo en mis manos. Después de eso, y por su amistad con la Kolo, fuimos a su casa, para un cumpleaños. También ella estuvo en nuestra casa, una noche de vinos y empanadas. Mariela elegante, siempre arreglada, practicante del estilo diva sencilla, medusa encantadora y misteriosa. Así se referían algunos muchachos: Mariela la misteriosa de poderes ocultos. Con su melena al viento, a veces con rulos, otras semiondulada, siempre castaña, con brillitos. Reviso el chat de Facebook y dice que cumplimos 9 años de amistad, pero deben ser más, deben ser 10. Una década de ver a alguien, de conocer a alguien.

 

 

Entonces Mariela, con 28 años, en 2002, en una ciudad desconocida y con 180 pesos en el bolsillo, en ese año frío y asesino, ella decidía empezar de nuevo. Y una ciudad nueva ofrece lo nuevo, pero también ese ostracismo que desconoce de lugares: ¿Vos de dónde sos? ¿De San Juan, de Mendoza, de Chile? Mariela había estudiado Comunicación Social en la Universidad Nacional de Cuyo, donde ganó un concurso de letras que la hizo pensar y creer que podía continuar por ahí. No sé cómo se fue adentrando en la poesía local, su amistad con Luy, no sé cómo nació. Otros repondrán esos datos, esas historias.

Mariela inquieta, siempre en movimiento. Mariela fuerte, frágil, risueña. Mariela fiesta y encierros psiquiátricos. Mariela aventurera. Mariela solitaria. Mariela pequeña y enorme. Entre los recuerdos de quienes la recuerdan aparece siempre su risa; brujeril dicen algunos, encantadora dicen otros, caras de una misma moneda. “La gran Mariela leyendo sus poemas intensos y llenos de vida”, dice Silvio, evocando una foto de hace poco tiempo. “Mariela Laudecina, una de las nuestras”, escribe Claudia. Me gustaba de Mariela su combate contra la careteada de los ambientes, su militancia contra la pedantería vana de los intelectuales.

Mariela poeta narradora, siempre lírica, este texto llega tarde, porque prometí escribir sobre tus libros  hace tres años, cuando pasé en taxi por tu casa y me prestaste algunos que me faltaban. El texto se iba a llamar Chica mala. Pero como tantas cosas no sucedió y ahora llega este, tarde.

La última vez que la vi fue en su casa, en marzo. Me invitó a cenar. Luis me pasó a buscar porque justo le quedaba de pasada. Mariela cocinó unos ñoquis buenísimos, con una salsa aun mejor y me contó cómo los hacía. También estaba Maca. La charla de esa noche se fue enredando con Luis sobre política y cosas insulsas, como una película que a ellos les había gustado y a mí no. Promising young woman, la chica vengadora del pop de hoy. En los últimos años Mariela se acercó al feminismo y a la militancia. Mariela es de esa generación que creció durante la última dictadura, y su relación con la política era algo distante, pero eso fue cambiando con los años.

Sus primeros libros fueron publicados en Llanto de mudo, editorial fundamental del gran Diego Cortés. Mariela también era la persona que te podía hacer esa pregunta incómoda e inesperada en el momento menos oportuno. Como la vez que presentamos la editorial y ella me preguntó por qué hacíamos una editorial. No tuve una respuesta. No la tenía. O quien te plantaba a último momento sin previo aviso, como en una presentación en donde ella sería la presentadora. Eso era parte de su magia, que no pedía disculpas, si ella faltaba era por algo, aunque no supiéramos qué era ese algo.

Cuando uno se va de su ciudad se aleja de sus afectos, entonces se empieza a hacer una nueva familia. Y esa familia para Mariela eran sus amigas: Maca, Gilda, Sole, Cuqui, Guille. Y muchas más, seguramente, que no conozco o no recuerdo ahora. Mariela y Aimé, su perrita adorada. La llevaba a todas partes, en taxi, en autos, en largas caminatas por la ciudad. Hay tantas Laudecinas como personas que la conocieron. Por ella editamos Niña soviética de nuestra querida Liria Evangelista. Mariela daba a leer Una perra, de Liria, en sus talleres, y así fue que le prestó a Kolo un ejemplar, y así fue que yo la leí. Ella nos presentó a Liria. Había una mágica conexión entre Liria y Mariela.

Sus poemas. Mariela poeta exprés. Pareciera haber un recorrido de la poesía en prosa a los poemas cortos, quizás influenciados en un primer momento por Vicente. Después sus poemas se empiezan a extender, a meterse en otros ritmos, como si la poesía en prosa y los poemas breves se hubieran unido para embarcarse en textos más largos y misteriosos, figurativos y veces algo crípticos. Mariela retratista. Muchos de su poemas retratan a amigos, amigas, gente querida. Mariela working girl, o como dice de sus amigas en un poema: “no pueden mantener trabajos /en relación de dependencia/viven con poca guita”, también así era ella. Lo difícil de habitar este mundo, es más difícil todavía para algunos seres: trabajos estables en este mundo-maquiladora, mundo precario de vidas precarias. Laudecina luchaba contra ese mundo.

Y un último tiempo. Tiempo con diagnóstico de mierda. Esos que avisan de enfermedades crónicas. Y su lucha. Fiebre de meses. Naúseas, pastillas nuevas, un transplante para el que no hubo tiempo. El cuidado siempre cercano de su amor, Luis. “Ella no daba más pero no soltaba, qué se yo… caprichosa como Leonora… tremenda”, me dice Sole por whatsapp. Y un lunes de confinamiento el aviso de Pali. Y caminar con Marie por calles desiertas. Y una vereda fría de Alberdi. Y caras rotas. Y un viaje en auto por circunvalación, perdidos, hasta encontrar un parque de descanso.

Queda más que tu poesía, porque quedás vos en nosotros. Y vendrán más libros con tu nombre, y tu recuerdo y amigas.

Una herida vegetal es para siempre
Soy un vegetal
Mi herida, jamás curada
será un hueco lleno de flores
y de pájaros.

(Los dos poemas citados son de Tomo las decisiones con los pies, Llanto de mudo, 2011)

  • Escritor, editor y dibujante. Publicó en poesía Nocturnos (2015), en narrativa Diario de la fobia (2020), y en historieta El descanso del plantígrado (2014). Dirige el sello Borde Perdido Editora en la ciudad de Córdoba.

4 comentarios

  • Leí con profunda emoción y ello me hizo pensar que la conocía desde siempre. Pasé de la alegría a la tristeza, de la tristeza a la alegría, y lamentob quedarme con la tristeza, no puedo evitarlo. Ayer leí muchos poemas de ella que encontré en internet y puedo decir lo gran poeta que era.
    Y ahora también sé que era una gran persona, un ser luminoso, vom garra, luchadora empedernida.
    Hasta pronto Meriela.

  • Gracias por el relato. No la conocía, quería saber… Así que gracias. Me entristece como si la hubiera conocido. Como si hubiese dicho una amiga. Gracias de nuevo.

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