“Espejos con memoria”: retratos de mujeres y niños del siglo XIX en Tucumán

Estar presentes en una fotografía nos hace sentir presentes en la realidad de los demás. Desde mediados del siglo XIX, la aparición de nuevas técnicas y formatos fotográficos (daguerrotipo, ambrotipo, carta de visita y cabinet) transformaron para siempre nuestra representación del mundo.

Antes de que el siglo XX trajera un acceso masivo a la imagen, la fotografía estuvo restringida sólo a algunos sectores de la sociedad. A modo de “espejos con memoria” fueron poderosos disparadores de estereotipos sociales, exhibiendo la forma adecuada de ser mujer, padre de familia o niño. La Fototeca Ángel Paganelli del Museo Casa Histórica de la Independencia posee una muy valiosa colección de fotografías del siglo XIX que permiten abordar estas problemáticas y que fueron el principal sustento de esta investigación.
La maduración de la fotografía en Tucumán fue un factor modelador de la identidad de la élite local, contribuyendo a iniciar un proceso de modernización social en un escenario de transformación regional. En efecto, las nuevas técnicas de reproducción de la imagen coincidieron con un importante despliegue del desarrollo azucarero norteño y con la plena inserción de la provincia y sus dirigentes en el ámbito político nacional. La práctica de retratarse tenía siglos de arraigo en Europa e Hispanoamérica, principalmente para sectores encumbrados, pero tal como lo advirtió el filósofo y escritor judeo-alemán Walter Benjamin, la fotografía iniciaba la era de la multiplicación de la imagen, y parecía conjurar la ilusión de congelar los momentos y las personas. Para las burguesías provinciales, el acceso a la experiencia fotográfica, significó además de acercarse a las novedades del siglo, sostener la pertenencia a una clase social privilegiada y adherir a una cultura occidental apoyada en complejos y contradictorios ideales de civilización.

En ese contexto, las mujeres de sectores altos o en ascenso accedieron a la novedad fotográfica proyectando una manera distintiva de exhibirse ante su entorno. Se destacaron en sus roles de hijas, esposas y madres, al tiempo que enarbolaban ideales de belleza y suntuosidad. Este modelo clásico, sin embargo, dio lugar con el transcurso de las décadas a otros tipos de representación femenina que permitieron relacionarlas con una nueva sociabilidad académica y cosmopolita.

La fotografía como registro de una ficción

Los estudios fotográficos recrearon ambientes refinados a través de decorados similares a los de un teatro. Por medio de cortinados, pilares de mármol, alfombras, muebles labrados y jarrones con frutas, se envolvía armónicamente la imagen central del retratado, quien además los usaba de apoyo durante la toma fotográfica. Estas escenografías, entre las que también se encontraban fondos de paisajes naturales pintados al óleo, formaban parte del artificio fotográfico.

Se debía lograr una adecuada composición entre el mobiliario, la iluminación y la correcta pose de los retratados, quienes asistían con sus mejores atuendos y cuidadosamente peinados. El fotógrafo era quien los orientaba en torno a la postura valiéndose de soportes metálicos para evitar el movimiento del cliente y lograr en cambio controlar su lenguaje corporal.

Jugando a ser grandes

Con el avance del siglo XIX, Argentina comenzó a asumir una fisonomía burguesa y de clases similares a las de un mundo occidental en transformación. La fotografía fue uno más de los espacios para reproducir lo que se esperaba de cada sector social de una sociedad pretendidamente moderna. Incluso en bebés y niños, la escenografía, los gestos y la vestimenta eran dispuestos para mostrar distinción y para representar determinados ideales.

Más que un mero reflejo, la fotografía era constructora de identidad. Los niños incorporaban atributos que respondían a la seriedad y status de su entorno más que a su edad: lucían trajes y vestidos formales, posaban con gesto adusto y llevaban abanicos, carteras, bastones y sombreros. Mediante detalles de peinados, juguetes y accesorios, se demarcaba fuertemente el género y sus expectativas: la niña y su candidez, el niño y la adquisición de la masculinidad.

Juventud, casamiento y luto

En nuestro mundo contemporáneo el amplio acceso tecnológico nos conduce a registrar de manera permanente nuestra actividad social, en búsqueda de atrapar la fugacidad del instante. En cambio, hacia finales del siglo XIX la fotografía era un recurso costoso y por eso solía restringirse a documentar momentos emblemáticos de la vida familiar: nacimientos, casamientos, vejez y muerte.

Los ciclos de la vida, en tanto hitos, eran inmortalizados con esmero a través de las primeras técnicas fotográficas. Para las mujeres, marcaba una relación con los ciclos de la vida en tanto niñas, jóvenes, esposas, madres y ancianas. Dichos retratos permitían comunicar a parientes de geografías distantes, que a veces no se conocían personalmente, las modificaciones felices o trágicas de su entorno afectivo.
Esta nota fue publicada originalmente en la página del MUSEO CASA HISTÓRICA DE LA INDEPENDENCIA

Diana  Ferullo es Licenciada en Historia y Doctoranda en Humanidades por la Universidad Nacional de Tucumán. Fue becaria del CONICET, de la Secretaría de Cultura de la Nación y actualmente lo es del FNA y del MALBA. Se especializa en temas de historia política argentina de fines del siglo XIX y más recientemente en investigaciones relacionadas con el arte, la cultura y la curaduría.

Facundo Nanni es Licenciado en Historia y Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de Tucumán. Recibió financiamiento para sus investigaciones por parte de instituciones como Conicet, Universität zu Köln (Alemania) y Sorbonne Nouvelle. Se especializa en historia política y cultural del siglo XIX.

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