Fausto (Engañapichanga 14)

 

para Fanny Cittadini

 

Y ahora queridos cachorros soy grande,

soy muy grande.

Soy lo que nunca, nunca

hubiera querido ser:

una persona grande.

Mariangela Gualtieri, Sermón para los cachorros de mi especie

 

 

… para que esto no parezca una guía turística voy a seguir con la lista de tareas, de taras, para ir tildando o borrando, para que esto dé frutos, se vuelva útil y me ayude a vivir mejor… a la vejez viruela… qué trabajito el suyo… ¿se lo puede llamar trabajo?…

Esto que viene es más complicado de entender: no quiero hacer más teatro, uno pone ahí demasiadas vainas, hay una imagen que me da vueltas y vueltas… simbólica, digamos, y es cuando después de un estreno uno termina solo en un bar, con su grupo y nadie más… fierito, ¿no?… Me lleno de explicaciones para este rechazo, algunas ciertas, que el actuar es lo que ya no me gusta, que sí es un trabajo el de enseñar, por el que me pagan bastante bien, pero que es menos eficaz cuando tengo tantos alumnos y cada vez son más y eso hace que no pueda dar lo necesario y que me enfrente con quienes exigen recibir lo que no puede ser dado por los tiempos, los equipos, los lugares insuficientes de trabajo, los equipos docentes mínimos, o sea que me enfrente con los alumnos, qué paradoja, que son quienes me interesan, pero también con mis compañeros, mis colegas, mis pares, mis superiores, y para arriba…

Se acerca el momento de jubilarme y tendría que ser, por lo difícil que es aceptar que termina un ciclo que dio sentido por muchos años a nuestra vida, un momento de cierta paz y plenitud, pero se está volviendo cada vez más amargo… Como están las cosas me convierto en un viejo malhumorado que estalla ante la mínima provocación, y muchos alumnos son ingratos, son bebés desaforados gritando por teta… tal vez yo haya sido así… ni siquiera saben organizarse para pelear bien por sus derechos, solamente ejercitan el poder inmediato que tienen para descargarlo sobre nosotros, el embudo… me harta todo esto, y no sé cómo salir del pantano de la queja.

Hace un tiempo quise hacerles un pequeño regalo a mis alumnos, eran como cien, y en una clase les dije, medio actuado medio leído, un texto de Pirandello que había preparado para un evento, un monólogo de La morsa. Duraba cuatro minutos, era una manera de entrar a analizar el problema del texto, de las palabras, pero también quería que vieran que hago teatro, que no soy uno que se planta ahí a parlotear banalidades, rellenar tiempos, ordenar verdades y criticar. La lectura fue buena, yo me siento fuerte en el decir. Al terminar una chica inteligente, agradable, dijo: No entiendo, ¿eso para qué lo mostraste?, creo que es perder el tiempo, ¿no tendríamos que estar ejercitando el cuerpo y la voz en este momento?

Ah, estas cosas sí que duelen, han pasado casi dos años, y, aunque ella se disculpó, luego de una defensa apasionada que Fanny, la profesora que me acompaña en las clases, hizo de mi intervención, cada vez que la veo siento el mismo gusto amargo de aquella vez. Una madeleine envenenada.

No me gusta gritar ¡mierda! antes de comenzar una función, no me gusta que ese grito obsceno se escuche afuera, que sea escuchado por los espectadores, entonces propongo hacerlo en sordina, con complicidad, pequeño, pero todos quieren aullarlo y pierdo la partida, entonces transformo el grito que no grito en un regalo –otro más– y en la ronda que hacemos antes de dar sala leo un texto del Fausto de Goethe, que viene como anillo al dedo de mi ética teatral: Y entonces usen esta hermosa energía y traten a los asuntos de poesía como si fuera una historia de amor… Hagamos también nosotros así un espectáculo, pero tomemos a manos llenas de la vida; todos la viven, pocos la conocen: claridad poca, escenas pintorescas, mil errores y un relámpago de verdad.

Me gusta llevar una o dos botellas de vino para brindar entre todos, del pico, pasándolas, mirándonos las caras antes de sumergirnos en la obra… Me gustaba, ya no llevo vino, no quiero, siento que no lo merecen, y al texto de Goethe, del que antes hacía copias y firmaba con el nombre de cada uno, para que les quedara un recuerdo, ahora a duras penas, para cumplir de algún modo con el rito pedagógico, lo leo en la ronda y basta, a pesar de todo queriendo, en el fondo, un poquito, hacerme querer…

Autores

  • Licenciado en Cine UNC, luego integrante del LTL. Vivió exiliado 10 años y a su regreso, en 1984, fue director de teatro de varios grupos reconocidos y docente en Cine y Teatro de la UNC, de donde se jubiló en 2017. Desde 2008 escribe novelas y relatos autobiográficos. Ya tiene 16 libros publicados, entre los que se destacan El chico y Perla, un retrato del vínculo con su madre.

  • Ilustrador, artista plástico, humorista. Publica y publicó en todos los medios que vale la pena. Hace buenos asados, vive con Marisa y tiene un perro que se llama Teo.

Un comentario

  • al desnudo
    serás viejo pero al desnudo
    jubilado pero al desnudo
    ese sos…
    un potente Roberto al desnudo
    siento tanta empatía con la vida cuando te leo decir: no me gusta!
    y de verdad que te admiro tanto por eso mismo. por sentirlo y decirlo
    gracias …

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