Frágil monumental (sobre los dibujos de Lucas Di Pascuale)

Hace unas semanas, Lucas Di Pascuale, inauguró en El Gran Vidrio la muestra Los colores de los días, con curaduría de Eugenia González  Mussano. Sebastián Maturano la visitó y escribió estás impresiones.

Comienzo indefinido

En 2014, durante la presentación de su libro de dibujos titulado Distante, Lucas Di Pascuale tuvo una ocurrencia. Quizás fue algo que surgió en el momento, o quizás algo premeditado, no lo sé, lo cierto es que Lucas se dispuso a hacer una lectura de sus dibujos. Sentado en una silla, con un micrófono y frente a quienes se habían acercado al evento, comenzó a leer. La acción consistía, básicamente, en hacer descripciones espontaneas de las páginas del libro.

Si bien es difícil explicar qué es un libro de dibujos, es decir no un libro de ilustraciones o imágenes que sirven a otro fin, sino que su propio fin, o, más bien, su propio principio, no es más que ese —ser un libro de dibujos—, quienes allí estábamos nos quedamos desconcertados ante esa situación, ya no por la (in)posibilidad de “explicar” a algún inexistente otro algún algo, sino de entender nosotros mismos qué era lo que sucedía.

Al finalizar la lectura, Lucas dijo —con esa mueca seria, misteriosa y a la vez pícara que lo caracteriza— que, así como los escritores leen sus textos en público, él había querido hacer lo mismo: leer sus dibujos.

Esa pequeña escena, algo irónica y algo cómica, y ante todo provocadora, me hace pensar que tal vez uno de los puntos fundamentales para acercarse a la obra de Di Pascuale sea el humor, porque el humor y una provocación sutil, parecen estar siempre presentes en su obrar.

La visita

Un primer avistaje a la muestra Los colores de los días nos presenta una inmensa sala —la de El Gran Vidrio— cubierta en una de sus paredes laterales por una gran cantidad de dibujos. Un montaje que dispone un aparente caos desde un ordenamiento visual rayano al virtuosismo se nos presenta como primer impacto al ingresar. Nada pareciera ser espontáneo aquí, todo está calculado y pensado al extremo, aunque estos cálculos y pensamientos no enfríen —para nada— la experiencia, ni mucho menos las obras. Y aquí nace (pobrecita) una pregunta: ¿son “las obras” o “la obra”? Como tantas veces la respuesta será unívocamente doble: las dos cosas. Porque la muestra es una sola gran obra que funciona como instalación, compuesta a su vez de pequeñas obras.

Como bien dice Matías Lapezzata en su texto Las líneas de la vida, lo que primero se presencia al entrar “es un campo cromático que avanza” o se expande, con una gama de tonalidades no estridentes que van del negro al azul, del azul al verde, del verde al rojo y del rojo al amarillo, donde se despliegan distintas piezas, que pueden ser dibujos en papeles de distinto tipo, telas con o sin bastidor, publicaciones del artista, dibujos enmarcados o clavados a la pared desde su misma materialidad, afiches, papel carbónico. En ellos encontramos retratos de personajes existentes, inexistentes o que alguna vez existieron; también paisajes, animales, “copias” de otras obras. Procedimientos de virtuosismo técnico y otros de factura naíf, pero siempre con la huella de una misma mano. Materiales nobles o tradicionales como óleo sobre lienzo en contraste con materiales escolares como lápices de colores, biromes y grafito sobre papel sulfito o alguno similar.

La muestra propone una aventura que no es una explosión de colores, sino de formas materiales y simbólicas, que se pueden contemplar desde una distancia de conjunto, o desde una aproximación hacia lo fragmentario: hoy el fragmento es la nueva totalidad. Consciente de eso, esta primera parte de la muestra nos permite ese abordaje doble, de conjunto y de fragmento. Ese friso monumental y frágil de dibujos, puede verse de abajo a arriba o de arriba a abajo, si se camina por la pasarela que tiene la sala, brindando diferentes puntos de vista que normalmente no ofrecen otros espacios.

Llama la atención la enorme producción que ofrece la muestra en combinatoria (o tensión) con lo frágil que ofrece la paleta de materiales que utiliza el artista, como si Di Pascuale (nos) estuviera subrayando lo efímero y precario que es todo, “somos algo provisorio, y mientras tanto disfrutemos de esta vitalidad, la nuestra, la muestra”, podría ser una lectura de esta totalidad fragmentaria. Vivimos en una ciudad de cemento, pero el campamento, la toldería (Baigorria dixit) no deja de estar presente, siempre.

Tal vez para continuar con esta dinámica de oposiciones, la segunda parte de la muestra (segunda parte para este cronista, no hay ninguna enumeración preexistente aquí) nos presenta un gran círculo negro, de tela, desplegado sobre el piso, donde se disponen de manera equidistante una serie de libretas, cuadernos, folios y carpetas que obligan al visitante a recordar que tiene un cuerpo, ya que para poder ver estas obras hay que sentarse, arrodillarse o acuclillarse, como hacen los niños, algunas personas en los templos religiosos y como hacían los indios, según cuentan las leyendas históricas de libros olvidados y un Hollywood en desuso. En esta parte la muestra nos introduce (pareciera) en la intimidad del artista, no solo porque uno se pone en la misma posición, o en una posición similar, a la que probablemente tuvo el artista a la hora de hacer esos dibujos, sino porque el mismo formato de libreta, cuaderno, o bitácora nos induce a la idea de estar metiéndonos en alguien.

Quizás, a modo de pregunta, podría aparecer qué son y a qué sirven las citas “cultas” que ofrece la muestra, tanto en referencias literarias, filosóficas y artísticas. Por momentos parecieran ser una buena excusa para dibujar, algo que parece ser (y no tan en el fondo) la mayor preocupación del artista. Pero, ¿a qué responde esa necesidad de evidenciarlas? En otros momentos, las citas nos recuerdan que para el autor (el artista) las publicaciones son un soporte expositivo tan valioso como las muestras pensadas en un sentido tradicional. De alguna manera, cuando Di Pascuale dibuja también lee, también escribe, también publica y también diseña. Todo es escritura y todo es dibujo, y todo está atravesado por la lectura.

Los colores de los días es una aventura vital que tiende al infinito, con innúmeras ideas vivificantes (como dice el joven y riquísimo Laiseca) que no se agotan en una visita, ni mucho menos en un texto, sino que, por el contrario, se expanden.

La salida

En ese adentro doble de la muestra, el del artista y el de la misma galería, la ciudad parecía querer meterse. La música del restaurante aledaño a la sala proponía un meloso pop utilizado en emprendimientos cinematográficos varios, en contraste con una manifestación del Partido Obrero que cortaba Humberto Primo. Afuera, el programa de bacheos del Gobierno municipal también cortaba media calzada. La humedad y el sol del mediodía fundían los cuerpos. Máquinas que parecen insectos gigantes con aguijones de metal pesado perforaban el concreto. Un grupo de obreros munidos de botas y palas, hundidos en el cemento que vertía un camión, daban forma a la calle.

 


Los colores de los días puede visitarse hasta el 11 de junio de 2021, de lunes a viernes de 11 a 17, en El Gran Vidrio (Av. Humberto Primo 497, Córdoba capital). Entrada libre y gratuita. Hay que solicitar turno a info@elgranvidrio.com

Algunos de los dibujos del artista pueden verse en su sitio web y en su cuenta de Facebook y de Instagram.

Autor

  • Escritor, editor y dibujante. Publicó en poesía Nocturnos (2015), en narrativa Diario de la fobia (2020), y en historieta El descanso del plantígrado (2014). Dirige el sello Borde Perdido Editora en la ciudad de Córdoba.

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