GrrrrrS (Engañapichanga 13)

 

para Marinilza Silva in memoriam y Luiz Carlos

 

Y hablando de música brasilera, ¿vio que salto de aquí para allá como loco?, vi en San Pablo el show de Elza Soares en el Café Brahma, que encima de hermoso y lleno de gente bonita está en la esquina de São João y Avenida Ipiranga, esa esquina que Caetano inmortalizó en la canción Sampa y que de día es un territorio increíble de droga, prostitución variada, bancos, enormes negocios de música y libros usados, artesanos mugrientos todos iguales que venden todo igual, gente tirada, tráfico intenso.

Fue extraordinario, la tenía bien cerca, a tres metros. Pasó a mi lado al entrar y al irse, lo que me permitió tocarla y sentirle el sudor luego del show. La subieron al escenario casi a la rastra los enormes negros cuidadores; era un zombi extraño, enclenque y tembloroso, como de mil años, vestida con todo el brillo imaginable, como si se hubiera envuelto en strass y telas brillosas de la zona del mercado, aunque debía tener varios miles de reales encima. Un escote estruendoso en forma de corazón dejaba ver las grandes tetas siliconadas y refulgentes de tan tensas, un vestido plateado corto con flecos, pulseras, una vincha de plata y el pelo todo estallado hacia arriba como una Ángela Davis lacia, como si hubiera recibido un choque eléctrico. En la escena estaban los músicos, estupendos, y había una silla blanca, que usó todo el tiempo de muleta, de sostén, salvo cuando se sentaba.

Y entonces… Oh. Se enderezó, se apoyó en el respaldar, se preparó, como si la escanearan de juventud, respiró profundo y se largó en una serie violentísima de sambas vueltos hip hop, vueltos reggae, arrastrados, peligrosos, terribles: A carne mais barata do mercado é a minha carne negra… Lo que cantaba era igual a las canciones originales y a la vez absolutamente diferente. Cantó As Rosas Nao Falam y nunca escuché algo así, nunca creí que de esa canción pudiera surgir lo que surgió, una especie de rap–blues lamentoso, irritado, suplicante, lleno de grrrrrrs. Improvisa siempre, fue como una sesión de jazz. No sé bien cómo decirlo. Yo no cabía dentro de mí. Ella provocaba sambando, de pie, sentada, haciendo vibrar su cuerpo en olas pequeñitas, velocísimas. Y la voz surgía como un rugido, un aullido controlado y libre. Terminó con Mas que nada, de Jorge Ben, en una versión que hizo levantar a todos. Parecíamos poseídos. Ella dejó de ser esa cosa imprecisa y asustadora, una mujer de más de ochenta años –nunca se sabrá bien– llena de cirugías, llena de tajos, que parece salida de un comic, de Batman, algo así como El Guasón, y se volvió una bomba directa al blanco.

Autores

  • Licenciado en Cine UNC, luego integrante del LTL. Vivió exiliado 10 años y a su regreso, en 1984, fue director de teatro de varios grupos reconocidos y docente en Cine y Teatro de la UNC, de donde se jubiló en 2017. Desde 2008 escribe novelas y relatos autobiográficos. Ya tiene 16 libros publicados, entre los que se destacan El chico y Perla, un retrato del vínculo con su madre.

  • Ilustrador, artista plástico, humorista. Publica y publicó en todos los medios que vale la pena. Hace buenos asados, vive con Marisa y tiene un perro que se llama Teo.

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