Historia de un sueño literario

La cultura de Japón siempre ha llamado la atención de occidente. El asombro proviene tanto de la percepción de lo diferente, de lo «otro», como también de la convicción de que se trata de un universo autosuficiente y cerrado sobre sí mismo.

Hace exactamente mil años se dio un fenómeno que tardaría otros mil en repetirse. En la corte de Heian (794-1192), mientras gobernaban los regentes y la aristocracia se hallaba reunida en Kioto, la capital de entonces, las mujeres creaban obras literarias de una singular calidad. Era una época en que Japón, siempre influenciado por la cultura china, comenzaba a independizarse de sus préstamos.

Mientras los hombres dedicaban su tiempo a escribir textos eruditos en chino, inspirados en el budismo, y se presentaban a concursos de poesía tradicional, las mujeres aprovechaban el japonés cotidiano para escribir en diversos géneros sobre lo que sentían y sobre ellas mismas. En la intimidad de puertas corredizas y biombos, entre secretos y rumores, se desplegaba la imaginación de mujeres que encontraban en el registro personal y privado un modo de relatar esa historia que los hombres menospreciaban.

Una de las obras que nos ha llegado de ese período es «El Libro de la almohada», de Sei Shonagon, donde la vida secreta, cotidiana, observada por la mayoría con cierta indiferencia, es en muchos casos la materia más auténtica para que los relatos lleguen al futuro. Sobre el final hay una anécdota que refiere el origen del texto. «Un día, el Ministro del Centro entregó a la emperatriz una pila de cuadernos. La emperatriz me preguntó: ‘¿qué se podía escribir en ellos? El Emperador ya está redactando los Anales de Historia’. Entonces yo le contesté: ‘Si fueran míos los usaría como almohada’. La emperatriz me dijo: ‘Entonces quédatelos, y me los dio’.

La anécdota parece un recurso secundario para justificar el relato, pero si la almohada inspiró su sueño literario también permite articular algunos interrogantes. ¿El título -«El Libro de la Almohada»- insinúa que se trata de papeles desordenados, de un cuaderno de notas escondido en un lugar privado, quizás un cajón de la almohada de madera donde las damas, como dice la misma narradora, apoyaban la cabeza? ¿O, tal vez, indica su pertenencia al género de los poemas almohadas, tratados sobre la composición literaria? Más allá de que es posible sostener la validez de todas las conjeturas, es claro que Shônagón fue una de las creadoras del ensayo breve y ligero, «al correr del pincel».

En sus relatos el mundo se ve como una esfera suspendida en sí misma y que gira según sus propias reglas. Una cultura despreocupada del pasado y del futuro, donde el presente era el único momento digno de ser vivido y exaltado. Cada ceremonia, cada secuencia de la vida diaria estaba presidida por el buen tono, tanto en el amor, como en los sentimientos y los actos. La verdadera religión era la poesía y la caligrafía, y los señores se enamoraban de las damas por la elegancia de su escritura y su ingenio para versificar.

Nada pareciera más lejano para nosotros que el mundo de esta mujer, una ayudante de emperatriz en una época en que la ambición por el poder había sido sustituido por un ideal de vida basado en valores estéticos y literarios. A pesar de eso, el contraste estimula el acercamiento. Y el cineasta Peter Greeneway se animó a hacerlo en uno de sus filmes: «Escrito en el  cuerpo». En el Kyoto de los años 70, un calígrafo escribe un saludo en el rostro de su hija el día de su cumpleaños. Cuando la niña se hace mujer, recuerda ese episodio con entusiasmo y busca un calígrafo-amante que utilice su cuerpo como papel. En Hong Kong ella satisface a Jerome, un traductor inglés que la convence para que se invierta la situación. La joven debe ser la pluma que escribe en el cuerpo de su amante, y así éste se convierte en su libro y como mensajero llevar el texto escrito en su piel a un editor. Esta historia, la versión e inversión de Greeneway, es una de las tantas formas de homenajear a una época y a sus obras, de encontrarle nuevas resonancias.

Autor

  • Licenciado en Letras Modernas y periodista cultural. También incursionó en la docencia y la escritura de guiones documentales. Publicó el libro de cuentos El fin de la intimidad, y tiene otro más inédito, además de uno de perfiles en preparación.

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