La danza del fuego

Hace poco participé de un encuentro por Zoom de esos que intentan emular lo que en tiempos antiguos, pre pandemia era un boliche. La lógica: un Dj pasando música y gente alrededor del globo bailando a su ritmo, intentando generar la misma idea de comunidad que se puede generar durante una noche de fiesta.

Duré poco en el encuentro en el que pude constatar una serie de percepciones y me retiré bastante temprano. Días después me puse a pensar en qué significaba el baile para mí y me tuve que remontar a mi temprana adolescencia a principio de los 90s. 

Recuerdo en esa época en la que el under era de difícil acceso, donde ni los celulares ni Facebook servían de nexos entre las personas y como mucho uno podía encontrar alguna publicación del Sí de Clarín que daba mínimos datos y que aún a los 14/15 años era difícil lanzarse a la búsqueda. Boliches había por barrios, más céntricos, más periféricos pero la oferta musical era casi siempre la misma: marcha. Ese compendio de música electrónica comercial cruzado con el enlatado valenciano, también llamado bacalao, que se repetía casi sin variaciones a cada lugar donde uno fuera.

Mi relación con el baile en esa época era casi nula, recuerdo noches de aburrimiento, escuchando música que no me representaba y donde lo que se podía ver era algún ícono femenino subido al parlante haciendo gala de la más profunda histeria porteña. 

Tuvieron que pasar unos cuantos años y promediar los 90s para que pudiera encontrar algo distinto. Empezar a tener acceso a lugares más under, donde la música que pasaban tal vez era electrónica pero ya no encajaba en lo que pasaban sistemáticamente en radios o que representaban Dj Deró con Nicolás Repeto o Jazzy Mel con Tinelli. Empezaba a abrirse una brecha donde otro sonido y otra actitud poblaba las pistas.

La histeria bajaba, era raro encontrar una mina subida a un parlante, los pibes vestidos todos iguales que iban a bailar con el único fin de “transar” con una mina eran marginados por gente multigénero que iba buscando algo más ligado a la raíz del baile. Si bien no terminaba de entender la lógica del todo, me sentía atraído por ese espacio distinto, que subvertía las leyes sociales del culto de la farándula que había avanzado de la tele a la sociedad durante el menemismo.

Tuve que pasar los 2000 y mi estadía de año y pico en Barcelona para que pudiera entender del todo el fenómeno. Ahí el culto a la fiesta era mucho más democratizado, obvio que existían los lugares chetos o pijos, pero lo que realmente “molaba” eran los clubes alternativos, los bolichitos, las casas okupas, las house parties en galpones medio abandonados, etc. Ahí era muy difícil encontrar histeria, porque el plan no era el levante, el plan era la fiesta, el baile. Cuanto más despojado, mejor. La charla que circulaba con el grupo de amigos era la del ritual que viene desde los albores de la humanidad, la danza del fuego. 

Las luces de colores eran iguales al fuego, la música electrónica repetitiva era igual a los tambores, el alcohol, porro o mdma, eran iguales al estado alterado de conciencia, todo eso equivalía al ritual. Al estado de comunidad, de amistad con el otro que bailaba a tu lado, de celebración, de sacarse de encima el mundo moderno o posmoderno y volver a nuestra raíces. Como en un ritual ancestral, cada fin de semana, había una liberación, una celebración del estar juntos, y dejar de ser YO para que seamos TODOS.

Casi veinte años después los tiempos han cambiado, no quiere decir que eso no siga pasando, pero lo que para mí a principio de los noventas era la histeria porteña en vez de rebatirse empezó a invadirlo todo.

Hago un par de aclaraciones sobre esto, la histeria no es porteña pero no tenía mucho con que compararla en esa época, pero sí acá hay un caldo de cultivo bastante fértil de la misma. Eso que yo llamaba histeria podría sintetizarlo como la búsqueda del deseo insatisfecho: acaparo las miradas, soy poseedxr del deseo del grupo pero no lo satisfago porque hacerlo sería perder mi valor potencial. No tiene que ver con el contacto con lo interno, sino con la externalización, con dejar de ser sujeto para convertirme en el objeto de deseo. Ser una mercancía fetichista con valor virtual. 

Con el tiempo fui viendo que la histeria se volvía de uso corriente para todos los géneros, tan relacionada con el mostrar pero no satisfacer. Volver a casa solo, vacío, pero dueño y poseedor de las miradas que se esfumaban cuando se rompía el encanto de la pista de baile.

Los últimos coletazos del siglo XX que viví allá por 2000 daban pie a este inicio de nuevo siglo, donde el hipercapitalismo, las redes sociales, y las distancia cada vez mayores entre ricos y pobres nos emparentan más al siglo XIX, según Pickety, que al XX.

La histeria se democratizó, ya no hace falta subirse al parlante, responder a cánones de belleza o pasar tiempo en el gimnasio, la foto en el baño, la selfie, el ángulo que más nos beneficia, al estilo Julio Iglesias, nos permite ser las estrellas de nuestras miserias.

Estudios que hablan de Instagram de adolescentes completamente infelices pero que se sacan fotos siempre sonriendo en situación de deseo. La externalización que supera a cualquier valor interno.

Y de golpe llega la pandemia y en vez de mejorar la humanidad y llegar al nuevo comunismo que nos predice Zizek, nuestra única vía de contacto social se vuelven la redes, Zoom, Skype, Instagram, hasta revive un poco Facebook, el zombie de Zuckerberg que sirve para ganar elecciones por la ultraderecha. Y ese distanciamiento social inevitable nos lleva a virtualizar la danza del fuego, cada uno con su dispositivo en cualquier parte del mundo, baila, toma su soma, al estilo de Un mundo feliz, y se conecta a la red.

Y en todos esos cuadritos de gente que veía, ya no existía más el sentido de dejar de ser uno sino el exceso del YO. Todos mirando a cámara, bailando ante el espejo, mostrándose, vendiéndose como mercancía, ultra conscientes de sí mismos, parando para mandar chats, prendiendo las luces de la casa para verse bien, perdiendo la intimidad de las luces bajas porque sino la cámara no me toma bien. Mostrando dónde estoy, las luces de New York, el fondo de Bali, chequeando quién entra y quién sale al grupo de Zoom. Sonriendo y riendo ante la ausencia del chiste. Ocultando nuestras miserias porque debemos vernos bien, el fetiche de la mercancía, que ya no se compra en el negocio sino nos vendemos a nosotros mismos. La prostitución del ser. 

Claro, es lo que podemos hacer, la pandemia nos obliga a esto, mañana podemos poner comentarios en Instagram, quejarnos de los barbijos o cacerolear desde el balcón. El mundo hoy es mucho más desigual que hace dos meses atrás, somos todos un poco más pobres y Amazon sigue amasando fortunas, van a salir ganadores y perdedores de esto y como decía Gill Scott Heron La revolución no será televisada, se va a hacer en la calle, como siempre, peleando por lo nuestro pero, por sobre todas las cosas, recuperando el sentido de comunidad, no virtual, no visual, no de venta, sino acá, sobre esta tierra. Tal vez no sea el comunismo que pregona Zizek, pero tarde o temprano vamos a tener que parar de comprar y consumir a través de una pantalla.

Autor

  • Director y guionista de documentales. Graduado en la Universidad de Buenos Aires como Diseñador de Imagen y Sonido y cursó un postgrado en la Universidad de Barcelona como Guionista Cinematográfico. Últimamente está despuntando el vicio de la escritura en Barbaria.

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