La pelea de fondo (sobre Malcom y Marie)

El film Malcom y Marie, escrito y dirigido por Sam Levinson, fue estrenado a principios de febrero y puede verse en Netflix.

Tarde en la noche, una pareja vestida de fiesta regresa a las comodidades de una vistosa casa. Malcolm se sirve un trago en la barra mientras baila y canturrea, haciéndole honor a Down And Out In New York, de James Brown. Su mujer, Marie, prepara macarrones con queso para una cena a deshora. “La vida es buena: lo logramos”, alardea él, exultante, a lo que la chica, no tan convencida, responde: “¿Qué cosa?”. Con la promesa de esta escena prendida al groove del “Rey del Soul” da inicio la velada apasionante, plena de intrigas y contiendas, a la que asistiremos durante la siguiente hora y cuarenta.

Grabada en blanco y negro y en esa sola locación, las dos únicas caras visibles son las de la dupla protagónica: la popular y jovencísima Zendaya y el exjugador de fútbol John David Washington. El guion, del propio director Sam Levinson, fue escrito en apenas seis días, en tanto que el rodaje (en plena pandemia y con personal acotado) llevó solo dos semanas. 

Conforme pasan los minutos van corriéndose las capas de un intercambio vertiginoso, que presenciamos como quien deshoja la margarita de esta relación. Así sabremos que Malcolm es un filmmaker nobel, de ambiciones nada moderadas y fuertes ideas acerca de su ser artista y la incidencia en su obra de su condición de afroamericano, mientras que Marie es una actriz con cierto talento, recientemente recuperada de su adicción a las drogas. Ambos acaban de volver nada menos que de la avant premiere del debut de él como director. 

Una omisión espinosa

La chispa que enciende una disputa que crecerá como el fuego en el campo es el hecho fatídico de que Malcolm, en su discurso de presentación de hace un rato, haya pasado por alto siquiera mencionar a Marie en su larga lista de agradecimientos.

Si en principio somos tentados a sospechar que la ofensa de la que ella se siente víctima responde a un reproche de subvaloración, el típico ninguneo de su rol en tanto compañera silente, pronto entenderemos que, desde la visión de Marie, más que un mero olvido involuntario se trata de una metáfora certera sobre la conformación de esta pareja. Es ahí donde la historia esquiva el costumbrismo para mostrar, en cambio, su capacidad de sorprender mediante el recurso de agregar nuevas complejidades. 

El actor John David Washington (que en alguna ocasión contó el estigma que significa para su carrera ser el hijo de Denzel) comentó en una entrevista que el director Sam Levinson, a la hora de imaginar el largo y sostenido contrapunto entre Malcolm y Marie, se inspiró en el ritmo de ida y vuelta de las míticas peleas por el título mundial de los pesos completos que en los años 70 disputaron Mohamed Ali y Joe Frazier.

Los personajes dramatizan un intercambio estructurado en duros rounds en los que la vehemencia de los argumentos va torciendo la empatía del público en favor de uno o el otro. Porque cada golpe es efectivo, la trama se sostiene en una tensión dialógica permanente, a la vez emotiva y corporal. El combate se diversifica en la medida en que hace foco en diversos temas sensibles, como la etnia, la política, el género o el concepto de autor.

“¿Sería igual de buena tu película si no estuviéramos juntos?”, interpela Marie a su compañero.

Electricidad y corazón

El relato propone otros interrogantes referidos a las condiciones de producción. ¿Es el cineasta el genio creador, o son sus obras el resultado de una creación colectiva? ¿Importa más la vivencia como materia del arte o la recreación de la realidad? ¿Es política una película solo por ser la obra de un afroamericano? ¿Cuál es el fin del arte, qué impulsa a un artista?

Una fotografía minimalista y la elección musical aportan clima y simbolismo a pasajes que hacen a la vez de tregua (clinch) y preludio de nuevos asaltos. Sentimental Mood de Duke Ellington y John Coltrane, Get Rid of him de Dione Warwick o Liberation del dúo Outkast, que hacia el final rapea sobre el beat: “Hay una delgada línea entre el amor y el odio”. 

“El cine no tiene que tener mensaje, tiene que tener electricidad y corazón”, sentencia Malcom. En esta película estrenada en Netflix en el mes de febrero, Sam Levinson ensaya la intensidad de un experimento que somos invitados a espiar desde los amplios ventanales de la casa, sobre la base de parlamentos delicados y profundos, con el plus de la magnífica actuación de la californiana Zendaya. 

Las identidades de Malcom y Marie establecen un ingenioso juego de espejos que deslumbra por su elocuencia. Puede que alguno de esos razonamientos que se enrostran suene un tanto pomposo, pero su vigor lo convierte en un film fascinante y que en definitiva no traiciona.

  • Licenciada en Letras Modernas egresada de la UNC y Especialista en Producción de Textos Críticos y de Difusión Mediática de las Artes de la UNA. Trabaja desde hace más de 20 años en áreas de museo y comunicación. Su interés gira en torno a los diferentes lenguajes del arte.

Un comentario

  • Lo siento, pero no concuerdo.
    Para mí es un fracaso estético.
    Ni la terminé de ver.

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