Los gerentes no se ponen nerviosos

No se lo puede decir. No sabría cómo hacerlo. Después de tantos años, no sabría cómo armar la frase para decírselo. A diferencia del gerente, que ahora le habla con cierta soltura, creyendo manejar los tiempos, ella nunca dirá lo que tiene que decirle ahora; no lo dirá ahora ni en todos los momentos en que esté involucrado el fluir de la palabra. Y no es la única mujer que piensa en decírselo. Existe un canal de comunicación paralelo entre las empleadas, técnicas y ordenanzas de la empresa, canal que el gerente por supuesto desconoce, y que fluye con un caudal embravecido, como si cada día desagotara los frutos de un diluvio. Es un caudal entubado, subterráneo, mohoso y oxidado de tanta incomodidad. El agua fluye, pero ella no se lo podrá decir nunca.

Ahora se estira como una masa de baguette, esas entidades claras que admiten una proporción altísima de agua y así y todo no se adhieren a las superficies. Ahora crece en vertical, se estira y parece que habrá de cortarse pero no, es un hilo tensado que gana y pierde grosor a medida que se mueven los labios. Ahora sí se corta porque el gerente sonríe. La primera vez que ella lo vio (varias compañeras ya la habían advertido de esa presencia) tuvo la esperanza de que el mismo discurso le diera muerte. Creía que el mismo trajín de las palabras, en la mezcla con el aire, terminaría por disolverlo, o desparramarlo, o distribuirlo nuevamente por los labios, que es el terreno espejado, en definitiva, que le da forma a la mezcla, como se le da forma a un tornado. Y vale pensar en un tubo de aire amenazante porque cuando los labios entran en esa frecuencia cremosa, con ese fluido que no alcanza a transparentarse pero que tampoco se seca del todo, ahí aparece el animal blanco y rancio que se afirma a la piel de los labios como un tirabuzón, de cielo a tierra, y comienza a tensarse y contraerse, arrasando con todo.

Que se pase la lengua. Que se pase la lengua. Son decenas de mujeres en la empresa las que soltaron el pedido de mil formas, a través de los años, en todos los despachos. Pero el gerente nunca se relame. Ahora la crema está prensada porque tiene los labios pegados. Si los suelta, como está empezando a hacer, para respirar por la boca, para inhalar como paso previo a expandir sus explicaciones, el animal cremoso aparece con su fuerza multiplicada, más húmedo y gordo. Apenas va separando los labios, en cámara lenta, el hilo blanco se amasa a sí mismo y se estira. Ahora vuelve a desaparecer porque traga, y la bestia se vuelve a formar desde cero. Hace unos minutos que ella no puede hacer otra cosa que mirar esos movimientos. Cuando la tensión obliga al gerente a poner énfasis en alguna excusa, el hilo se corta. Quedan dos puntos, uno en cada labio, como si un insecto pastelero le hubiese dejado sendos guiños de chantilly con una manga quirúrgica. Si existieran las mangas pasteleras a escala molecular, lo que ahora se ve en los labios del gerente son dos puntos de crema que inmediatamente, al tragar de nuevo, se vuelven a juntar. Está más cerca de la Plasticola, piensa ella, mientras él insiste con la restructuración del organigrama. Debe ser la sustancia más amarga de la Tierra, piensa ella, mientras él afirma el compromiso personal de acompañarla en todo proceso que nazca de aquí en adelante. Si arruga la boca, el hilo de baba cremosa parece armar una burbuja, pero es tan denso, a la vez, que se corta, y ante el más mínimo contacto de un pliegue con otro vuelve a restaurar su pegote y forma una membrana que es imposible, absolutamente imposible, piensa ella, que no la sienta. Es imposible que este tipo no se dé cuenta de que tiene un molusco entre los labios, tan bien amasado que no deja de crecer.

Ella achina los ojos. Ahora parece un elástico, goma Eva. Prescindir de tus servicios ahora no quiere decir que en el futuro no pueda volver a llamarte, dice el gerente. Ella no contesta: achina aún más los ojos porque el elástico se rompió de un chicotazo que podría haber soltado alguna esquirla, si no fuera tan gomosa esa mierda, piensa: él sonríe porque así cree alimentar cierta complicidad. Quedaré especialmente atento a cualquier nuevo cambio para llamarte, porque la verdad es que tu trabajo fue impecable, dice él. Esta decisión viene de arriba y no tengo nada que reprocharte, dice. Por eso el dolor. Y cuando dice “dolor”, todo el monstruo repta hacia un costado y le invade la comisura izquierda. Ahora creció, ahora no es un hilo sino una membrana, una aleta que se contrae y se estira abanicando parte de la boca del gerente, que se pone de pie y hace un ademán para que ella también lo haga.

Ella tarda un instante en levantarse de la silla porque espera que el animal desaparezca. No escuchó casi nada de la conversación pero tiene la esperanza, todavía, de que una inhalación termine con esa bestia poderosa; un reflejo de tos, un hipo, un estornudo. Incluso un tic nervioso que saque esa lengua y roce apenas la comisura.

Pero los gerentes no se ponen nerviosos, piensa. Los gerentes solo producen materia.

Él la dirige desde el antebrazo hasta la puerta del despacho. Hace una mínima presión en su piel, algo que distribuye poder e impudicia en iguales proporciones, y le desea lo mejor para lo que habrá de venir. Ella no quiere mirarlo a los ojos; de pronto la invade un último gran temor frente a la despedida. Él dice que nunca se olvidará de ella, y sin pedir permiso, sin avisar con algún gesto, la besa.

Despacio. En la mejilla. Y lento. Con toda la boca. Ella siente la presión de los labios, un aliento de café tibio, exasperante, y la humedad. Siente su propia piel, siente los labios carnosos del gerente, y siente también el cosquilleo del cuerpo extraño, la masa que se adhiere al maquillaje y tensa la posibilidad del desapego, que también es lento, quizás demasiado lento.

Es demasiado lento, dice ella en voz alta. Tiene los párpados apretados.

Pero podemos vernos afuera, susurra el gerente ya sin restos en la boca. Qué alivio escucharte, le dice al oído: estaba esperando una señal.

Autor

  • Diego Vigna (1982) es escritor, docente e investigador. Trabaja en el CIECS (CONICET) y en el CEA (UNC). Publicó los libros Grises, verdes (cuentos, 2004); Hadrones (cuentos, 2009); La década posteada (ensayo-investigación, 2014), Los próceres (relato, 2015), Cometa de la noche negra (novela, 2017), Los desvalidos (ensayo, 2017) y como compilador Archivos, artes y medios digitales (trabajos de investigación, 2018). Vive en Cofico.

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