Mares (Engañapichanga 16)

 

para Carla Bellini

 

… ufff…. un llorón, eso soy… cuánto me queda todavía de esa lista que comencé hace años y que pongo al día a cada momento… todo cambia y nada cambia… No puedo dejar de pensar en Italia, tan cerca y tan lejos. Hace un tiempo, cuando viajé a visitar a mi gente, fui a cenar con amigos a casa de Carla y Sandro, un día de mucho calor, un calor africano. Es hermoso reencontrarme con ella porque, aunque no nos escribimos, al vernos retomamos/retornan enteras la complicidad y la alegría. Sandro es un tipógrafo artesanal, muy conocido, de los que quedan pocos en el mundo; sus libros son joyas. Ella es intensa, concentrada, de ojos muy oscuros brillantes, la risa rápida. Dice lo que siente, es inmediata y cálida. Él es reservado, muy hermoso, de ojos divertidos azules, chispeantes. Parecen mucho más jóvenes de la edad que tienen, cincuenta y ocho. Se siente el amor que los une, se lo ve en esa casa espaciosa, llena de luz. Tienen dos hijas, bonitas y gentiles. Una es como la madre, la otra como el padre. Han preparado una cena espléndida, fatta in casa. Sandro nos muestra sus libros y en la sobremesa leo dos relatos míos, un poco en italiano y otro poco en español: uno en el que cuento mi relación con la posible muerte cercana de mi madre y otro en el que describo el rescate en el mar de tres adolescentes en una playa venezolana. De repente enmudezco y no sé si seguir leyendo. Es que recuerdo que la madre de Sandro ha muerto hace poco y que a pesar de no tener una buena relación con ella él sufrió de un modo violento la enfermedad y su muerte. Además en la cena está Viviana, mi gran amiga, que casi muere ahogada en Cerdeña junto a Walter, que sí murió. Sigo leyendo, con la sensación de cometer un error grave de insensibilidad, de descortesía, un lapsus del inconsciente, ¡otro más!, o una casualidad siniestra. No lo preví, había llevado mis libros y elegí los textos al azar, en el momento, no pensé que estaban tan relacionados a lo vivido por ellos, no puedo creer las trampas que tiendo a mí mismo. Pero ni Sandro ni Viviana se sienten mal por lo que leo, y me lo dicen.                                                                                       

Al día siguiente él me llama por teléfono: ha escrito a dos amigos, dos editores prestigiosos de Italia, cree que pueden estar interesados en publicar mis libros, que les escriba de parte de él. Agradezco sorprendido y entusiasmado. Escribo a los editores, presentándome, no quepo en mí de alegría.

Ellos viajan a Grecia, a Creta. Con otros amigos partimos hacia Turquía.

Nos enteramos en una larguísima playa turca, Patara, aplastados por el sol, que sigue africano. Recibimos un mensaje. En Creta encontraron un insólito pueblito perdido medio salvaje y una posada que daba a la playa. Están bien, planean lo que harán al volver, hace veinticinco años que están juntos, festejarán, están tranquilos y serenos. Nadan, desnudos, ahí todo el mundo está desnudo, vuelven a la arena, se acarician, Carla le dice que va a leer un rato al sol, él se tira en la sombra, en una hamaca, a su lado. Luego de unos minutos ella lo mira. Hay algo raro en cómo cuelga una pierna. Un ataque masivo. Está muerto.

Autores

  • Licenciado en Cine UNC, luego integrante del LTL. Vivió exiliado 10 años y a su regreso, en 1984, fue director de teatro de varios grupos reconocidos y docente en Cine y Teatro de la UNC, de donde se jubiló en 2017. Desde 2008 escribe novelas y relatos autobiográficos. Ya tiene 16 libros publicados, entre los que se destacan El chico y Perla, un retrato del vínculo con su madre.

  • Ilustrador, artista plástico, humorista. Publica y publicó en todos los medios que vale la pena. Hace buenos asados, vive con Marisa y tiene un perro que se llama Teo.

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