Picos gemelos (sobre I Know This Much Is True)

 

Si, como afirman ciertos periodistas y escritores actualizados, las series de televisión de este siglo están haciendo lo que la literatura ya no quiere (o ya no puede), es decir, contar grandes relatos, ¿qué hacen las miniseries?, ¿cuentan lo mismo, pero de manera más breve? Siguiendo la apresurada lógica de relevo de medios, si una serie como The Wire busca convertirse en la gran novela contemporánea, una obra menos extensa como Berlin Alexanderplatz ocuparía el incómodo lugar que en la literatura ocupan las nouvelles. Para simplificar: demasiado largas para ser un cuento, demasiado cortas para ser una novela. Al margen de las especulaciones mediáticas, algunas de las apuestas más fuertes estrenadas en los últimos años son miniseries, desde Chernobyl a Gambito de dama. Esta forma breve posee territorios menos explorados que un apreciable número de títulos conocidos, que bien podrían haber sido una miniserie aceptable y no una serie fallida.

Derek Cianfrance pertenece a la generación de directores norteamericanos nacidos durante la década del setenta, como David Robert Mitchell y S. Craig Zahler. Sus largometrajes suelen estar sostenidos por exigidas actuaciones insertadas en melodramas que exploran los límites de las relaciones humanas. Blue Valentine (2010), una de sus películas más comentadas, gira en torno a la posibilidad o imposibilidad de sostener un vínculo de pareja. Sus siguientes ficciones (The Place Beyond the Pines, La luz entre los océanos) expanden las sombras que persiguen a sus personajes.

Su reciente miniserie, producida por HBO es, para usar una palabra de moda, “intensa”. I Know This Much Is True (La innegable verdad, como se la conoció en España) sigue las amargas peripecias de los gemelos Dominick y Thomas Birdsey, durante los primeros años de la década del noventa. Y como la cultura audiovisual entiende que los espectadores deben ser conmovidos para poder entretenerlos, emplea imágenes impactantes por lo explicitas. Cianfrance sigue esta tendencia desde el primer episodio: una madre agonizante (Melissa Leo), un padre violento (John Procaccino), autoflagelaciones y abusos llenan la pantalla durante una hora. En los restantes capítulos el guion-inspirado por la novela homónima de Wally Lamb- es retorcido hasta transformar una historia familiar en una parodia doméstica. Los flashbacks que el director utiliza para recorrer el pasado de los Birdsey tampoco buscan tranquilizar. Solo en los momentos en los que la cámara logra escaparse de las demandas de tormento deja ver una trabajada puesta en escena y ciertos pasajes dejados entre los escombros: el poder psiquiátrico que asedia a los hermanos (internaciones, controles), las guerras externas (Vietnam, Irak) y las guerras internas (racismo, segregación), y el parentesco como herencia maldita.

Los momentos más logrados de la serie coinciden con las premiadas apariciones de Mark Ruffalo en su doble papel: el gemelo esquizofrénico (Thomas) y el gemelo que narra su pesadilla (Dominick). La serie está demasiado preocupada por acumular desgracias y no escarba lo suficiente en la delicada frontera que separa la razón de la sinrazón. No se trata de recurrir a las explicaciones de los expertos, como las que predica la psicóloga (Archie Panjabi) que visita Dominick para encontrar una salida a la patológica relación con hermano, sino de bucear en las imágenes y en el formato.

En los mismos años en que transcurre la historia clínica de los Birdsey, el novelista Cormac McCarthy escribía: “Los vínculos más fuertes que conoceremos en nuestras vidas son los de la desgracia”. I Know This Much Is True es su medicalizada representación.

Autor

  • Licenciado en psicología, Ha dictado cursos y escribe para diferentes medios de comunicación sobre libros, series y cine.

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