-Pintura- Las post-crucifixiones de Oscar del Barco

El autor visitó la muestra de pinturas Despojos, de Oscar del Barco, en el Museo Evita (que permanecerá abierta hasta el mes de julio), y escribió esta nota.

Nueva era viejas mañas

Primera decepción del lector: en este texto soy yo, un cúmulo de palabras que gesticulan una ficción

Oscar del Barco inaugura una muestra de pinturas, y desde ese momento pienso en ir a visitarla. Pude ver algunas pinturas en su casa, colgadas en paredes o apiladas en algún rincón, pero la oportunidad de verlas reunidas en una exposición es una experiencia de la que no puedo rehuir.

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El día que llegué al museo me encontré con una garita vidriada y a un guardia de seguridad hablando con unas personas grises, enfundadas en ropas de color beige y miradas aristocráticas. Cuando llegó mi turno el tipo me preguntó a qué venía. ¿A qué puede ir alguien a un museo sino es a ver una muestra? —pensé— al menos ante la mirada de un guardia, si tuviese otras intenciones no las confesaría, nadie las confesaría. Pero mi única y exclusiva intención era ingresar al museo y ver los cuadros.

—Vengo a la muestra de Oscar del Barco —aclaré.

—No podés entrar sin entrada —dijo en un arrebato tautológico el Hombre Seguridad.

Efectivamente el efectivo tenía razón, para ingresar había que tramitar una entrada en internet desde la página autoentrada.com, y solicitar un turno con su correspondiente día y horario; además de pagar 250 pesos o, en su defecto, ir un miércoles, día gratuito, pero siempre con entrada tramitada. Normativas pandémicas.

Mi decepción fue mayúscula, aunque esta expresión no es buena y no le gustaría a Oscar del Barco, que es un amante, creo, de las minúsculas. Quise tramitar la entrada desde mi teléfono en ese momento, pero cuando intenté acuclillarme en el pasto del museo, a metros de la garita, el guardia me informó que no podía posar mi carne sobre el pasto del Estado.

Regresé a mi casa como había ido, con mis piernas en movimiento subiendo o bajando por Estrada, Pueyrredón, cruzando Cañada, Arturo M. Bas, la Plaza-rotonda con el monumento a Sarmiento, etc. Subí escaleras, entré, calmé la agitación y prendí un tabaco de marca genérica. Aspiré humo y decepción.

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El lugar donde se desarrolla la muestra se llama Museo Superior de Bellas Artes “Evita”-Palacio Ferreyra. Era la vivienda de una familia tradicional cordobesa, es decir, oligárquica, que el proyecto cordobesista expropió en 2007 para convertirla en museo. La palabra “Evita” entrecomillada en el nombre de la institución no deja de ser un dato sobre las aparentes ambigüedades del proyecto político que gobierna la provincia hace 20 años, bajo identidad peronista. Y en este momento las alarmas de la peronist people se encienden, en particular las de quienes se identifican con el peronismo nacional, es decir, el de ese lugar nombrado ahora como Amba. El Puerto.

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En mi segunda incursión el día llueve. Pero justo en el momento de salir la lluvia se detiene. Buen augurio. Llevo la entrada impresa en la mano. Cuando el guardia repite la pregunta y vuelve a encabezar su respuesta con un “No”, le muestro el papel sin emitir palabras. Me deja pasar, previo rocío de alcohol. Me dice que adentro me pedirán la entrada, y justo ahí me entero de que hay que sortear un segundo obstáculo para ingresar. La recepcionista me solicita la hojita para escanear el código QR y me hace completar una planilla. Formalidades de tiempos de pandemia y vigilancia. Quiere saber si tuve fiebre los últimos días, si anduve en transporte público, mi nombre y apellido, la dirección, mi número de DNI. Por último me dice que no puedo ingresar con la mochila y me ofrece unos estantes y un número para dejarlo, como en los supermercados. Me dice que puedo tomar el ascensor para ir al tercer piso, pero elijo las escaleras. Las escaleras del Palacio están recubiertas por cuero de vaca. También los asientos de las salas. Todo un palo. Bondades de la pampa húmeda.

¡Adentro!

Una vez en el tercer piso me encuentro, por fin, con la muestra. Son 87 pinturas de tamaño mediano, es decir, por lo general no superan el metro y medio. Hay algunas más grandes, otras más pequeñas. Las pinturas están dispuestas en cuatro salas grandes y oblongas. Hago base en el sector donde la figuración aparece con mayor fuerza. Me encuentro con una larga serie de crucifixiones. Las preguntas abundan apenas se ingresa: no hay datos de ninguna clase, sólo los que arrojan las pinturas. Lo que en cierta forma transforma al visitante en una suerte de investigador que se encuentra con una serie de pinturas desconocidas en los muros de una caverna. Pero yo no soy un investigador, ni estoy en una caverna. A qué me refiero: muchas de las convenciones de las exposiciones y museos aquí no están presentes: años, títulos, referencias a soportes y técnicas están borradas, ocultas. Y yo que soy un fanático del contexto tengo que viajar en esa incertidumbre de preguntas sin respuestas. ¿De dónde vienen estas pinturas? ¿Cuándo fueron hechas?

Los cuadros, todos, los llanamente abstractos y los violentamente figurativos, tienen algo ritual, algo de altar religioso, como si respondieran al culto de un ser anónimo que intenta decirnos algo desde alguna tierra desconocida. Pero intento pensar y sentir. ¿Qué son estas crucifixiones? Y recuerdo lo que una vez me dijo del Barco: “Yo soy cristiano. No creo en la idea de Cristo milagroso, ni en Dios, no creo en nada en realidad, pero me identifico con lo cristiano, en el sentido de que los ricos no van al cielo”. Toda una definición. Entonces pienso que las pinturas de alguna forma encarnan un dolor compartido, y recuerdo una frase leída hace unos días: “el fermento de la revolución es el dolor sentido en común”. Quizás, de alguna manera, las pinturas transmitan algo de eso, no el dolor individual, sino el dolor de cristo crucificado como una representación del dolor que sentimos todos. ¿Todos? Bueno, no todos. Quizás por eso las pinturas tienen incrustados restos de diarios con noticias y fotografías de guerra, matanzas de otras épocas que también son la nuestra. Anclajes.

Si el expresionismo es algo más que una corriente artística enmarcada en un determinado tiempo, se puede decir que estas pinturas son expresionistas: figuras distorsionadas, deformadas, donde los cuerpos están disueltos, fragmentados, descompuestos, repartidos en planos de colores sucios, manchas que chorrean, capas de pinturas y empastes que rellenan ojos o expresiones sufrientes. Me detengo en la que aparece un Cristo justo en el momento que cae de la cruz. El plano compositivo recuerda a los luchadores de Bacon, formas geométricas duras en medio de una figura que se desvanece. Un plano rebatido. La pintura capta el preciso instante de la caída de Cristo, es un plano en movimiento, con un torso en escorzo ensangretado; y piernas y brazos que por el movimiento y la fuerza del golpe se multiplican, como una foto movida. Pero no hay nada más lejano a una foto que este cuadro. Entonces pienso en Kafka, en la metamorfosis de Gregorio Samsa, en el cuerpo convertido en insecto monstruoso. Las patas de Cristo se multiplican. Las patas no están en la fuente, están en la sangre, están en la fuente del dolor.

¿Son estas las pinturas de un escritor?, me pregunto. Las pinturas tienen una rara combinación de art brut y expresionismo abstracto, en cruza (en ocasiones) con el horror-pop de Francis B. Es decir, no son las pinturas de un virtuoso técnico que aprendió a pintar como Miguel Angel pero le llevó una vida pintar como un niño, parafraseando a Pablo. Son otra cosa. Las pinturas tienen algo cavernario, algo de ultratumba, algo de que fueron hechas al margen de la institución arte pero no al margen de la historia. Pienso en obras de Greco, de Macció, de Noé. Pero también en Ensor y en Goya: festividades macabras. Me pierdo entre los pasillos de las salas, que parecen salidos de la mansión de Carretera perdida (Lynch), pasillos largos y oscuros, iluminados tenuemente por azules lámparas led, que en su devenir logran confundir a quien los recorre.

Otro aspecto fundamental de las obras es la materialidad de su soporte. Por momentos tiendo a pensar en los retablos medievales que sólo vi en reproducciones. Pero también hay chapa —además de madera— y papeles, tela, cartones, piedras. Hay sectores de los cuadros quemados, y en esos momentos es donde las pinturas adquieren mayor fuerza. Los sectores quemados tiznan los colores o queman capas del soporte, capas de pintura, de madera y de sentido(s). A veces los planos de profundidad espacial no están dados por la perspectiva o las sombras, sino por lo materiales pegados y superpuestos. Formas que parecen abstractas a veces esconden caras o cruces.

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Las muestras piden ser vistas más de una vez, pero el tiempo no siempre lo permite, por eso las colecciones permanentes tienen su razón. Esa posibilidad de ir a visitar las mismas obras en el tiempo, en un tiempo que nunca es el mismo, siempre es buena. Sin embargo esto no suele cumplirse. Lo saben las Manos anónimas de Carlos Alonso, que pasearon con distinta suerte distintos sectores del Palacio.

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Al salir del edificio una trabajadora me pidió participar de una encuesta, “breve y rápida”, dijo. Respondí y me fui. La lluvia quería volver, pero yo seguí caminando.


Las fotos de las pinturas pertenecen a Sebastián Maturano. La foto de Oscar del Barco pintando pertenece a Rosendo Álvarez.

Autor

  • Escritor, editor y dibujante. Publicó en poesía Nocturnos (2015), en narrativa Diario de la fobia (2020), y en historieta El descanso del plantígrado (2014). Dirige el sello Borde Perdido Editora en la ciudad de Córdoba.

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