Pintura novelada

A partir de la lectura de El nervio óptico, de María Gainza, la autora propone un recorrido en donde una de las estaciones es la obra del paisajista inglés Hubert Robert y su estética de las ruinas.

 

“Y no sé qué hacer con esa muerte tan tonta,
tan gratuita, tan hipnótica, y tampoco sé por qué
lo estoy contando ahora, pero supongo que
uno escribe algo para contar otra cosa” 
                                                           María Gainza 

I

Los que leemos tenemos muchas formas de hacerlo, a veces con el pecho abierto como si cada palabra ahondara la vida, o con los oídos cuando  las palabras resuenan en el orificio auditivo imaginando cada escena narrada. De esta manera nos encontramos con lectores cómplices capaces de reescribir un texto, y otros lectores apáticos que, como decían las maestras y las madres de antaño, “lo que lees te entra por un oído y te sale por el otro”.

El ejercicio de la lectura me trajo a la memoria el lugar del lector al que refiere Macedonio Fernández. En “Cirugía psíquica de la extirpación” relata la historia de Cósimo Schmitz, personaje que acude a un famoso profesor de psicología para que le extirpe el recuerdo de haber matado a su familia. Sin embargo, pese a todo el esfuerzo el personaje queda entrampado en un terrible presente. La operación macedoniana propone la pregunta acerca de “cómo sería vivir sin recuerdos”, una ficción para que el lector construya diferentes respuestas. Freud escribió que muchos de los recuerdos que traían sus histéricas a sesión eran encubridores, pero principalmente planteaba lo siguiente: “Lo psíquico no es necesariamente en la realidad lo que nos parece ser”. En ese tiempo tomará el concepto de “recuerdo” y llegará al de “realidad psíquica” en 1915. Esto será un hito en el psicoanálisis que permanece hasta hoy. Existe una realidad que es única y singular para cada sujeto, así como los traumas y los tiempos para un sujeto son eminentemente singulares a dicha realidad.

 

 

II

Hace unos días leí el libro El Nervio óptico, de María Gainza. La autora no se priva de hacer uso de cuanto recuerdo favorezca la literatura de su vida. La narración despliega un saber hacer con los recuerdos y en cada capítulo invita al lector a mirar esos tiempos. El libro abre la vida, abre los ojos y clava una pregunta que ningún profesor de psicología famoso puede extirpar en estos tiempos pandémicos, como en el caso de Cósimo Schmitz. ¿Qué se hace con la muerte?  La muerte está presente en los capítulos del libro, en una bala perdida, en el suicidio, en formas sutiles que historizan la existencia de la novela.

Esta podría ser la pregunta que atraviesa la costura del libro. Y María Gainza lo hace como crítica de arte, esta es la  lengua que prevalece a lo largo de su novela. Como dice Francoise Regnault: “El arte organiza el agujero”, y la escritura del libro da cuenta de esta premisa.

Quisiera detenerme solamente en un capítulo: “El encanto de las ruinas”.

Al presentar a Hubert Robert, especialista en paisajes y ruinas clásicas, Gainza señala:“…no inventó la estética del colapso pero la llevó a su gloria”. La descripción visual de su obra transforma la ruina en encanto. De la lectura del libro me trasladé a las pinturas del artista. Me detuve en El coliseo de Roma. La obra tiene esa belleza en la que aparecen dos  huecos enormes, también unos jóvenes y un cielo abierto. Sus famosas columnas que no faltan en cada una de sus pinturas y un escenario que ha pasado lo peor. Las obras de Hubert Robert manifiestan una forma de hacer algo con el vacío. Frente a la muerte el libro es un enganche a lo que quizás ella toma como vivificante, “el arte de mirar”, y que esa mirada produzca efectos en la vida. Con Hubert Robert aparece la poética de la ruina.

Paisaje arquitectónico con un canal. Hubert Robert (1783)

III

La narración comparativa de los agujeros en la pintura introduce las diferentes formas de hacer lazos. La escritora alude a su madre, recuerda una escena ruin, casi cómica, casi falsa como esas columnas del pintor. El memento de su adolescencia al que ella refiere es un incendio, el peligro, los bomberos y su madre corriendo a ese lugar que siempre la protegió en el pasado, la casa de su abuela, hoy la actual embajada Norteamericana. Como dice Germán García en su novela Miserere: La infancia  es “ese lugar inventado al que siempre se puede recurrir”.

Mis recuerdos de haber pasado una infancia y adolescencia protegida en bibliotecas aparecen para hilvanar lo que un libro nos trae, contar lo que no podemos decir. En la pandemia o en momentos que extreman una “estética del colapso”, acudo a las librerías como un espacio vivificante y posible de habitar.

Allí las historias pueden ser escudos frente a las batallas diarias contra el dolor. María Gainza es una escritora del detalle. Las salidas no son grandes puertas, sino pequeños detalles que cada pintura propone. Su lengua artística ilumina cada relato invitando a un refugio cuando la vida apura. Al estilo de lo que Juan Filloy sugiriera -como una premonición- en su famosa “Novelística” cuando dice “El cuento es dibujo, el relato, grabado; la novela, pintura”, este libro lo hace acto en cada pincelada que colorea los capítulos de este “Nervio óptico”.

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