Pulso

Yael Noris Ferri, psicoanalista y ensayista cordobesa, hace una lectura de la temporalidad, el silencio y la sesión de análisis a partir del sonido ocasional de un metrónomo y de citas literarias y musicales.

El metrónomo suena en la habitación contigua a la sesión de análisis. La presencia de ese artefacto insiste, aparentemente indicando un tiempo o pulso a las composiciones musicales. El diccionario dice qué es lo que le permite al músico mantener el pulso constante para ejecutar una obra musical.

Me despierta cierto interés ese pulso, en este tiempo sin tiempo, acronológico, que surgió como un fenómeno en el transcurso de esta cuarentena. El hashtag #quedateencasa marcó que el pulso de la vida corría riesgo, como si ese eslogan escrito borrara lo cuántico de los días, meses, números en los que vivimos.

Recuerdo haber leído que Scott Fitzgerald escribía en una habitación rodeado de relojes, marcando las horas en diferentes husos horarios. Lo gracioso es que él hacía del tiempo una maniobra para gastarlo, igual que con el dinero, con grandes fiestas, desbordes de brindis, tertulias itinerantes desde la casa de Gertrude Stein hasta los diferentes bares con jazz.

En una sesión de psicoanálisis hay un pulso, un tiempo que es variable, es singular como cada sujeto. El inconsciente, dice Freud, no tiene tiempo, no tiene espacio, es único en cada sujeto. Lacan planteará que el inconsciente crea una temporalidad propia. Por esos aparecen los olvidos y los recuerdos como formas de manifestar el registro del tiempo de nuestro inconsciente. Cada analista interpreta leyendo como una partitura [de] lo que padece un sujeto. Interviene con palabras o gestos para que ese sujeto escuche, lea y escriba otra forma de vida. Una y otra vez, ocurre en cada sesión y cada vez de diferentes maneras. Como si el analizante pudiera componer, frente a las maniobras que realiza el analista, una nueva versión de sí mismo. Y en cada sesión el inconsciente se abre para una interpretación analítica nueva.

Mis recuerdos me traen a Córtazar y su libro Rayuela: “Ahora te viene un pajarraco como Stan Getz y se te planta veinticinco minutos delante del micrófono, puede soltarse a gusto, dar lo mejor que tiene”. Quizás las sesiones sean, a veces, como las del jazz, donde cada uno se dará con el gusto, siempre singular, de armar algo con lo mejor que tiene.

Transcripción del solo de Stan Getz en «Corcovado» 1959

El silencio puede ser otra intervención en una sesión analítica. Y allí vuelvo a la música, porque hace poco descubrí una obra que se llama 4´ 3¨ de John Cage, un talentoso del arte conceptual, la performance y el happening. Esta obra compuesta entre 1948 y 1952, dura 4 minutos, 33 segundos y Cage la divide en tres tiempos, o tres movimientos.  En cada una de estas partes lo único que se escucha es el silencio. El músico puede interpretarla con cualquier instrumento, pero en la partitura está escrita una única palabra, “Tacet”. Se indica al intérprete que ha de guardar silencio y no tocar su instrumento durante cuatro minutos y treinta y tres segundos. El silencio habilita que se pueda escuchar las voces o los ruidos de la sala. Un practicante del psicoanálisis puede instalar un silencio para que el sujeto calle, para que se escuche, para que se detenga, para que una palabra haga eco.

Las variables y usos del silencio son tantas como sujetos se aventuran a una música nueva en cada sesión.

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