Recensión fallida de una literatura no cordobesa

Damián Tabarovsky, que jamás se presenta a premios literarios, hace que el narrador de su novela La expectativa se pregunte: “¿Cuál fue la última generación para quien PC significó Partido Comunista y no Personal Computer?” A mí, que jamás comienzo un párrafo con un nombre propio, este Tabarovsky me ha creado una expectativa sobre una especie de hernia que me ha salido al darme cuenta que pertenezco a una generación o microgeneración intermedia; es decir, ¿qué hacemos con esas dos letritas, don D. T., aquellos que estamos justo en el medio, los que, haciendo de nuestra realidad etaria (¡uy, qué feo que suena esto!) un lamento o gimoteo, nada demasiado dramático, claro está, no leemos allí ni una cosa ni la otra? Ya sé, no me diga nada: no escribimos novelas, ¿no?

Mejor comienzo de nuevo. Anoche terminé de leer Baroni: un viaje, la penúltima novela de Sergio Chejfec. A pesar de que desde hace varios años tengo en mi biblioteca su novela Los planetas, es lo primero que leo de este autor argentino que luego de quince años en Caracas ahora reside en New York. Me gusta su estilo, pero debo reconocer que no es fácil de leer, y que de a momentos hay que hacer un esfuerzo de asentimiento para poder seguirlo con cierto entusiasmo. Hay en este Chejfec una puesta en acto de aquello que, a la chita callando, aparecía en La expectativa del porteño Tabarovsky, algo que bien podría señalarse con una expresión oculta en una de las páginas de Baroni: un viaje, “una disgregación de la sensibilidad”. Por supuesto, aquel Tabarovsky que se deja llevar por la práctica a ultranza o salvaje de la digresión es más entretenido, pero no sé, ¡nunca lo sabré!, si esto último es o no es una virtud (acaso por esto es que no realizo críticas, fisgonas, de cierta literatura llamada cordobesa: la que jamás se arriesgaría a colocar dos puntos en medio de un título).

Si no conté mal, son diecisiete las veces que el oblicuo Chejfec le hace decir a su narrador la siguiente frase: como probablemente explique más adelante (o leves variantes de la misma). Hay un guiño allí, un gesto cómplice sobre una manera de fabricar (y reírse al mismo tiempo de) el suspenso sobre lo que va a suceder, y que a medida que la lectura transcurre nos va descubriendo el engaño, porque se trata de algo así como una intriga imposible, todo lo opuesto a una novela policial; es decir, nada se va a develar con el paso del tiempo, nada nos descubrirá el arte de la escritura, nada nuevo o extra obtendremos después de terminar de leer esta novela. Y sin duda ese guiño es un gran acierto, y de una total coherencia con lo que la historia contada muestra: una manera de ver y entender el arte. Y digo “ver”, porque esta novela de Chejfec es una novela que da a ver paisajes de una manera si se quiere perturbadora y sesgada, aquí y allá, sin descanso, y los deja en la bruma, justo en los primeros segundos del desprendimiento de retina, como exigiendo que el lector imagine lo que, a poco de andar, se nos hace un horizonte inexistente, quiméricos panoramas que, aunque un buen día hagamos el viajecito a Venezuela, jamás hemos de hallar nada de ese país, de esa región o vórtice que se retrata y nos abisma en Baroni: un viaje. ¿Para qué viajar a aquella Venezuela, si el viaje es la lectura de la novela misma? El arte es el viaje, y no importa demasiado confundir la realidad con la ficción, o el personaje con el autor, pues ambos son capaces “de abstraerse del mundo construido, ya sea el efectivo o el de ficción”. Así, una vez más, aparece mezclada la literatura con la vida en constantes, para tomar otra expresión disimulada en la novela, “percepciones fragmentarias”; por ejemplo la presencia, los diálogos y la muerte del poeta Juan Sánchez Peláez, un poeta mayor, según me instruyó una noche en la serrana casa de “la Tere” Andruetto, aquel otro que ya no está: el poeta Privitera. Y es que la muerte, esa expectativa, es el tema, también en esta novela. La muerte es la naturaleza, y “la naturaleza nos instala en el miedo”, escribe Chejfec. ¿Qué nos hace suponer que una muerte actuada, fingida o ficcionalizada es menos muerte que eso que se ha dado en llamar muerte real y última?

 

[Soñaste, confiésalo Raúl, que tu padre moría en posición casi fetal, tranquilo, entre tus brazos. No era un espectro. Tu voz sólo repetía, monótona como el ruido de una cadena, una palabra solitaria: papá… papá… papá. Tus labios se mantenían cerrados, y tu voz no buscaba, ni tampoco quería, descansar.

-¿Hay un arte de morir?- escuchaste que te preguntaba tu padre sin preguntarte.

-Se trata sólo de un ademán, de un gesto en el límite, papá- le contestaste sin contestarle.]

 

Todo esto me hace acordar lo que una noche de asado y vino tinto, un amigo crítico (que no es para nada lo mismo que un crítico amigo… aquí, recuérdese lo que Flaubert escribió en una carta de amor dirigida a una de sus amantes, la que además era poeta: “Los críticos son como las pulgas, siempre dispuestos a saltar sobre las sábanas limpias y adoran los encajes”) me contó como anécdota de tiempos no tan pasados. Entre sus tareas de la semana tenía la de escribir una reseña sobre la última novela de un escritor argentino en espléndida y ostentosa promoción, algo así como hacer de una placita un parque, y pensó en preguntarle personalmente la duda que le había despertado el final de la misma, para lo que no tuvo mejor idea que enviar un e-mail al editor en jefe de la alta casa editorial que había publicado la novela en cuestión, preguntándole sobre la dirección del escritor. El editor, también en cuestión, de castizo apellido, también un alto editor, sin duda alguna, le denegó el datito. Porque hablemos claro, era sólo un datito, sólo eso, nada que nos condujera al inexorable camino de la muerte voluntaria o alguna otra sandez por el estilo. Así las cosas, mi amigo insistió tratando de quitarle importancia al asuntito, y rogando humildemente (pues mi amigo, a pesar de su aplastante envergadura física, puede ser humilde, si se lo propone) que le facilitase las coordenadas del escritor en franco ascenso. Lo que fue en ascenso (a la manera en que algo se activa “como una novela mental”, diría Tabarovsky), a medida que los e-mail iban y venían, resultó ser cierto tono de a ver quién la tiene más larga. Cuando mi amigo cayó en la cuenta del juego, optó por cortar por lo sano (nunca tan bien usada la expresión) con un gesto, casi un mohín fuera de ritmo y rima, una sola frase al estilo de En el río La Carlota el agua me llega hasta las rodillas, apenas una asonancia que despertó las iras, así en plural, del editor en franco ascenso: Pereyra… no haga olas, Pereyra.

(El final de la historia, como el final de la novela en cuestión… es más, como toda aquella novelita en franco ascenso, algo así como hacer de un parque una reserva, no tiene importancia.)

Un nombre propio jamás debe ser tocado; ni siquiera para dar comienzo a un párrafo, mucho menos a una recensión.

Autor

  • Psicoanalista y escritor. Ha publicado las novelas Elogio de la ceniza, El último safari, y Todos los nombres son su nombre; el libro de poemas Crónicas de los poetas desertados; el de cuentos Pagué y salí; los ensayos Locura y Horror, y Campos de locura, Campos de lectura.

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