Te espero

Si alguna vez fueron abismo, seguramente me entenderán. Si tuve la gracia de encontrarla -porque la encontré- fue cuando verdaderamente había decidido olvidarla. Detrás de los globos en el puesto del parque, ese entre tantos otros, surgió como un arcoiris imposible. Me frenó del brazo como quienes hacen de la urgencia una eternidad. Le aclaré que estaba apurado, que tenía cosas que hacer, pero cuando terminé de pronunciarlo, estaba sentado en un banquito atrás, mirando los pocos patos que se movían en línea recta sobre el lago podrido. Hablamos -ella me habló- un rato, lo que bastó para que yo esté ahora, encerrado entre estas cuatro paredes del comedor, con olor a detergente en las manos, deseando febrilmente que Mabel no vuelva más.

Había buscado a Pamela como a ninguna otra mujer después de una separación. Fueron tres meses de un delirio constante, y según me dijo, me había convertido en la entidad más agobiante que supo conocer. Por eso trato de examinar el momento preciso en el que di vuelta mi corazón, con infatigables noches de vodka y algunas prostitutas que me cobraban de más por acariciarme, pero no sé cuándo sucedió. Lo que sí puedo admitir, es que al estabilizarme, al cabo de dos años, Mabel entró a trabajar con nosotros. Fueron varios encuentros after office, en los que sin motivo aparente decidíamos quedarnos los dos solos hasta el final; lo demás pueden imaginarlo.

Los aplausos en la oficina con la noticia me ayudaron a terminar de quitar el letargo en el que había vivido tras lo sucedido con Pamela. A los pocos meses estábamos con Mabel bajo un mismo techo. La relación se afianzó con los dos chicos, y aún más cuando la trasladaron a otro lugar por un ascenso. Se equilibraba la vida sentimental de un hombre de mi edad que ha sufrido demasiado por ser sincero. Pero este mundo nos llama muchas veces desde su otro costado, arrastrándonos con una hoz de brea hasta hacernos morder el polvo de la ignominia. Está bien, somos seres que podemos provocar la pendiente, brutales con conciencia, pero hay un telón de fondo y un teatro que nos elige para que actuemos en él, y de eso ni yo ni nadie somos responsables.

Desde que me topé con Pamela en el parque, hace ya seis meses, la sucesión de encuentros desencadenaron una teórica renuncia a mi vida anterior, que se disipaba cada vez más, hasta el borde de la desesperación, y con la decisión interna para ver cómo se lo diría a Mabel. Pero es la cobardía la que me pone ritualmente en este comedor, luego de almorzar, solo, con los dedos claros de detergente después de lavar enérgicamente los platos, esperando que me traiga el auto para ir a jugar al tenis, aunque a veces dejo pago el turno decidiendo de antemano con Pamela el lugar de siempre.

Sabía, o supe desde ese fortuito encuentro en el parque, que su perdón y su entrega, que incluía la hipoteca de tranquilidades a las que claramente renunció sin vueltas, tendrían un precio demasiado alto. Tan alto, que he logrado seccionar los hemisferios de mi cerebro sentándome religiosamente en este comedor, rebanando la fruta que trago vorazmente cada tarde, esperando que suene el teléfono con el número desconocido que me avisará. Porque eso es lo que aguardo, deseándolo con todas mis entrañas: que Mabel no vuelva, no regrese. Me agarro la cabeza con las manos y no consigo explicármelo. Jamás me creí capaz de asesinar; si bien Pamela estuvo tentada -al comienzo de la nueva relación- en ser la mitad de Thelma y la mitad de Louise, debo reconocer que soy enteramente yo, en cada uno de mis poros, quien espera la ansiada tragedia. Podría hasta oír una voz mansa que no quisiera adelantarme el saldo fatal del accidente, aunque yo lo previese por la manera en que se me suministra la luctuosa información. “Disculpe, ¿Usted es el señor Antúnez?”, o “Sí, ¿señor Antúnez? ¿Usted es familiar de la señora? Le habla el agente Cardozo. Queremos avisarle que ella tuvo un accidente en tal lugar”. Hasta he llegado a imaginar las calles e intersecciones en que se ha producido el choque, y por negligencia de la propia Mabel. Es distraída en casi todo; no puede ser la excepción al manejar.

Vibra el celular y queda la llamada perdida; el aviso es de Pamela. Llegaré tarde a tenis. Han pasado unos veinte minutos más de lo acostumbrado. Mi mujer es tan distraída como puntual. Cifro mis esperanzas en que la tarde termine con mi espalda más encorvada de lo normal por la noticia. ¿Dios es el que elige, hace y deshace los hechos como quiere y cuando quiere? Y yo ¿no estoy haciendo un poquito de él, pidiendo que las cosas salgan como pretendo, sin tener que ejecutarlas directa y personalmente, como este valle de lágrimas lo pide? Esta furia agazapada me ha convertido en un filósofo hormonal. Vengo mintiéndole a Pamela hace un mes y medio; sometiéndome a mis propios dictámenes, que luego no logro sostener: le dije que dejaría a Mabel, que no nos era difícil, porque económicamente estamos hechos, porque la relación es helada desde que los chicos se hicieron hombrecitos; no hay ningún impedimento para que pueda irme con vos, Pamela, ahora que comprendes -en la soledad de tus primeras consultas como odontóloga- que yo sí era tu hombre, cuando decidiste dejarme aquella vez.

Imagino la posición de Mabel en el asfalto, inerte, ascética, al ir a reconocerla, pero enseguida me desvío por el camino mental, tomo un atajo, y tras la chatarra en que se convirtió el auto, aparece la ridícula impostura -en actuaciones que ninguno de los dos duda en caratular como memorables- del paciente que avisa, saca turno y espera a ser llamado en el consultorio para que le extraigan una muela. La sonrisa cómplice después de saludar a la secretaria, culminando con el cierre de la puerta y el olor del instrumental y el sillón de cuerina, en el que se recuesta Pamela para que me le suba encima y no hagamos ruido, con respiraciones largas y movimientos ondulantes, todo eso oculto bajo el perfume de ambiente que, rápidamente, lanzará al sillón sobre el que se posará su próximo y verdadero paciente.

Media hora pasada y mi esposa no viene. En el celular no ha dejado mensaje. El ruido a llaves en la entrada de casa en este momento sería como la bolsa que el verdugo coloca sobre la cabeza de su víctima. No lo oigo. Solamente el vaivén del collar de Sancho; está en el patio dando vueltas en círculo con la lengua afuera, esperando que pase alguien o algo. Como yo, cada día, con las piernas en el aire, desde esta banqueta pegada a la barra de mármol, en la que planeo mi destino amoroso. Mabel no va a venir; hoy ya no vendrá. Pienso que sería demasiado cruel decirle de la separación en el hospital, si es que llegara a quedar viva o en lenta recuperación. Es mejor que la cosa sea directa. Nunca me costó llorar en los velorios ni en los entierros. “Y papá no puede estar solo, ustedes saben, se encontró con una amiga del pasado, más joven claro, pero con la que entabló enseguida una muy buena relación otra vez”. Que los chicos lo entiendan es lo de menos. Ya no son niños, y a decir verdad, no me escuchan.

Preparo el bolso con las raquetas y las pelotas. Llevo solamente un tubo. Llamaría un taxi. Lo he hecho algunas veces, pero antes, antes que decidiera tener un reproche más para achacarle a Mabel por sus llegadas tarde. ¿Y si al final chocó y mató a otra persona saliendo ella ilesa? No lo tuve en cuenta hasta este momento. Porque no llega. Me acomodo en la banqueta y seco mis manos en la chomba de piqué. Puede ser que le avisen al más grande de lo sucedido, aunque no creo. Pudo también habérsele roto el celular al chocar. Decido escribirle un mensaje a Pamela; le aviso que se me hizo tarde, que he tenido una discusión con mi señora. Lo envío y lo borro. No me responde. Mis sentidos se alteran, o decido alterarlos ante una esperada inminencia.

Es increíble pero me olvidé por momentos hasta de Pamela; sé que todo esto es por ella, que a ella me debo como también ella se debe a mí, desde aquella trampa carnal que pisamos los dos en el parque después de conversar junto a los patos, en una casualidad que ahora me está convirtiendo en esto, en un asesino abstracto que usa este desasosegante ritual como arma. ¿Tuve que llegar hasta acá para sentirme correspondido, digno de esa mujer? Puede ser, pero es tarde, no viene, seguramente sucedió. Las noticias salen más rápido en los portales de Internet que en la televisión. Tengo la notebook cerca; si lo veo quiero que sea en grande. Muevo inquieto los pies; afuera, en la vereda, ya pasan los chicos que vuelven del colegio. Son las cinco de la tarde. Si la llamo es porque algo ha pasado; no soy de llamarla, sino que siempre todo fue al revés. Veo que el bolso con las raquetas tiene la marca del apellido materno de Pamela: Wilson. Es en definitiva la adrenalina de la caída y el final del pozo.

Cuando vuelva a ella, habrán pasado unos días de duelo, con visitas familiares, caras vencidas y suspiros sin pausa. Seguramente lo entenderá, y entenderá la espera. Ahora se habrá enojado, porque no contesta el celular, pero no importa, la noticia lo valdrá; que sean los enojos que quiera, total anuncian el verdadero equilibrio. Siento el mismo fervor que el que sentí tras haber vivido un tiempo con esa mujer varios años más chica que yo, que ahora me deja la garganta seca esperando que no estacione, que no se baje, que no toque timbre por no ubicar su llave, y que no entre. Los hombres agobiados, encerrados en esta celda cotidiana, somos iguales; queremos el hecho maravilloso sin el camino tenebroso; o con él, pero sin una participación personal demasiado comprometedora.

La voy a llamar, con el enojo calcado por haber perdido una vez más el turno de tenis. Marco los primeros tres números y los borro. Me digo que no, que siempre soy el que rompe los climas, las situaciones, en especial las que deseo con mayor ansiedad. Ya está. Sucedió. Tantas veces actué lo que vendría, que no me hace falta guión, ni cierres de telón de ningún tipo. No pasan más chicos del colegio por la vereda. Fabulo que empieza a salir humo del suelo, que veo desde mi butaca-santuario en donde he pasado siestas enteras, durante días, quieto, hasta sentir el dolor de cabeza de tanto pensar el final de Mabel.

El ruido de las llaves girando sobre la argolla del llavero es el enemigo, que viene cada día a comerme el corazón, frente al cielo despejado como en ningún lugar de la ciudad, en este barrio escondido del caos de bocinas y tránsito. El ruido persiste y sé que es ella; lo sé porque tarda en ubicar la llave de entrada, y en esa operación mueve frenéticamente el manojo con las restantes. Me doy vuelta sin despegarme de la banqueta sobre la barra. Son las seis y cuarto.

“Ya no voy. Perdí otra vez el turno”, le digo señalando el bolso que tendré que guardar, porque, aunque impida el paso hacia la cocina, ella no lo tocará. “Tenía que hacer unas cosas, y no puedo andar corriendo porque vos tenes que ir a jugar; podrías haberte tomado un taxi. Simple”. El control de mis impulsos nunca fue una virtud, pero ante esa respuesta logro transmutarlo como cada día, hace meses, en el deseo con el que mañana pediré que todo se termine. “Son las seis querida, ¿qué pasó? Cada vez más vueltas vos”.

Cortando mi queja, Mabel toma las llaves de la mesada y las pone en el llavero, pegado a un lado de la puerta de entrada. Me cuenta que estuvo lento circular por el centro, porque una moto había atropellado a un perro que se cruzó por el boulevard; el conductor quedó tirado y hasta no haber policía y ambulancia quedaron frenados un buen rato los que venían atrás. Le respondo que al menos podría haberme avisado por mensaje. “¿Para qué? Si lo que esperas es que no aparezca, ni virtualmente” remata mientras se sirve un vaso de jugo de soja. Me saco la remera afuera del pantalón, me levanto y voy adentro, a cambiarme. Mañana tendré revancha. En el celular veo que Pamela no escribió. Seguirá enojada. No quiero pensar que Mabel se tarda cada vez más, porque anda lunática por la ciudad, aullando en las siestas hasta embestir a la chica que dice esperarme hasta el fin de los tiempos a Pamela. Las casualidades no juegan a los dados, y si lo hacen, debe haber tantos jugadores como tiros posibles.

 

 

Cuento perteneciente al libro Hueso al cielo. Editorial Alción. 2018

Autores

  • Nació en Santa Rosa, La Pampa, en 1979. Es Licenciado en Comunicación Social y en Letras Modernas (UNC). Ha publicado los libros de cuentos: La quimera(2009), El brillo gemelo (2016), La joroba del Edén (2018) y Hueso al cielo (2018).

  • Arquitecto cordobés e ilustrador de barbaria

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