Una cena fallida

En mayo del año 1921 la familia inglesa Schiff realizó una cena a la que invitó a Diaghilev y a los miembros del Ballet ruso. Junto a estos invitados el matrimonio también agasajó a cuatro de los artistas más importantes de la época: Proust, Stravinsky, Joyce y Picasso. Algunos dijeron que fue una de las reuniones más atractivas de la década, otros, más cautos y fieles a las expectativas que había creado, sugirieron que cumplió el habitual destino de estos encuentros: defraudó tanto a invitados de honor como a intrusos y, además, hizo titubear el prestigio del matrimonio.

En esa época, como también ahora, las fiestas podían excusar más de un motivo para, en realidad, encubrir el único motivo principal: el dinero es capaz de juntar lo que las demás causas, naturales y artificiales, mantienen separado. Para unos, el evento fue la ocasión para testimoniar el poder del dinero, su capacidad para materializar un episodio que no dejaría de recordar a los presentes las condiciones que lo hicieron posible. Por eso, para los Schiff el espectáculo debía contribuir a perpetuar su prestigio, la memoria de una célula humana que corría el riesgo de pasar al olvido por la indolencia de los herederos.

Para los artistas, algunos invitados creían que se trataba de la coyuntura ideal para que exhibieran el talento social que se supone deriva de sus facultades artísticas (no se esperaban demostraciones directas de sus virtudes, pero sí que animaran lo que había sido preparado con los protocolos de una puesta). Pero claro, el dinero no siempre puede prever las consecuencias derivadas de que cuatros de los creadores más importantes del siglo hayan aceptado una invitación a comer trufas y beber champagne con unos desconocidos.

Si bien era la fiesta del dinero, de lo que puede y lo que quiere, de las formas que debe tomar lo que se encuentra bajo su dominio, no tuvieron en cuenta las singularidades de los artistas. No eran precisamente benefactores de la humanidad, no pertenecían a ningún aparato político e institucional (de esos que le confieren a un individuo una máscara y un parlamento), porque esa época todavía no había llegado y, en el caso de que fantasearan con una fiesta, es probable que ninguno de los que estaban allí para disputarle los bocaditos hubiese sido recibido dignamente.

De todos modos, si bien no sabremos nunca los senderos por los que progresó la reunión, es genuino preguntarse sobre los destinos posible que los anfitriones habrían imaginado para el encuentro (y, años después, los lectores). Las especulaciones que se pueden hacer tienen que ver con los diálogos, las palabras y las reflexiones que, probablemente, estuvieron en juego durante el encuentro. ¿De qué habrán hablado estos cuatro comensales? ¿Tuvieron una conversación inteligente donde expresaron, directa o indirectamente, opiniones finas y contundentes sobre las arte del siglo 20? ¿Es riesgoso pensar que acaso carecían de esas ideas singulares? ¿Será cierto, como chusmearon algunos asistentes, que no sucedió nada interesante, que mientras Joyce miraba a las criadas Proust seguía el paso de las duquesas? Si bien anfitriones y demás invitados podían no estar preparados para la sospecha, ¿no hubiese sido más legítimo no esperar nada de estos personajes, pensar que lo que tenían para expresar no superaba en interés lo que oirían de labios de los demás concurrentes?.

Si nos quedamos solo con ambos escritores es lícito suponer que se hubiesen sentido más cómodos en el universo de las criadas y el de las duquesas. Joyce por un lado y Proust por el otro, cada uno a la caza de material que pudieran integrar a la cocina de su único interés: la obra. Mientras uno escucharía y registraría con un oído que incrementaba su riqueza al tiempo que la vista perdía su intensidad, el otro, el pequeño Marcel, pasando de chisme en chisme, de relato en relato, quizás alcanzaría a tejer el vestido de palabras que, por utilizar el punto adecuado, seguro llegaría a proporcionar la dosis justa de belleza y de verdad.

Está de más decir que el heroíco matrimonio y sus anfitriones no deseaban esto. Deben haber querido ver el talento, escucharlo, sentirlo y que la atmósfera que aquellos podían dispensar se manifestara de forma democrática. Pero claro, o bien faltaban años para que alguien pudiera cumplir esos deseos o bien se habían equivocado de artistas. Hasta esa época, una época que aún no ha concluido, la obra seguía caminos paralelos al personaje y, cuando éste era encontrado en directo, con frecuencia decepcionaba. El creador, como también sucede ahora, no siempre sabía estar más allá de la obra, y, en caso de estar más acá, de tener aspiraciones más terrenales, se integraba a los que prestan su rostro para una foto a una admiradora con el objeto de que luego de la fiesta ésta se interesen por detalles que no están no están ni en la obra ni en la foto. Pero ni a Joyce ni a Proust le interesaban estas digresiones.

En el coche de regreso los dos escritores se confesaron no haber leído ninguna página de la obra del otro, o, en todo caso, lo fingieron. Pero hubo un aspecto curioso, unas de las pocas intromisiones de la vida, y la obra, de uno en la del otro. Cuando en el viaje Joyce prendió un cigarrillo, Sydney Schiff se apresuró a decirle que lo apagara porque Proust era asmático, y enseguida cerró las ventanillas. Desde ese momento, Joyce empezó a quejarse de la vista y Proust del estómago. ¿Era posible que las trufas, que tanto agradaban a Joyce, le hubiesen caído mal a Proust?. Dos de los personajes más esperados de la velada terminaron como dos viejas solteronas hablando de sus dolencias: “oh, no veo bien”. “Ah, sí, yo también siento malestar, me duele el estómago, además no puedo respirar bien”. ¿No habrán tenido ningún otro motivo para compartir? Pareciera que ese fue el único hilo secreto que los unió una vez finalizado el espectáculo. Mientras tanto, los demás invitados se tuvieron que resignar a una nueva oportunidad para contagiarse de las verdades del arte.

Autores

  • Licenciado en Letras Modernas y periodista cultural. También incursionó en la docencia y la escritura de guiones documentales. Publicó el libro de cuentos El fin de la intimidad, y tiene otro más inédito, además de uno de perfiles en preparación.

  • Arquitecto cordobés e ilustrador de barbaria

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