Viejazo (Engañapichanga 9)

 

para Eduardo Naides

 

Cuando consulté a un amigo psiquiatra con quién me convendría hablar, hacer terapia, y le conté un poco de los males que me aquejaban –escribí aquehaban en caribeño–, como el sudor y más graves, claustrofobia y más, de repente se me largó a reír en la cara a carcajadas, los ojos le brillaban puntiagudos y la nariz parecía escapársele, tiene una nariz grandísima que le queda bien, los ojos también son lindos, verdes y pícaros. Fue tan raro que me largué a reír y creo que eso ya empezó a curarme. Estábamos los dos doblados de risa en un pasillo de la obra social hasta que se puso serio, tomó aire y casi gritó: ¡Ah, chico, te agarró el viejazo! Ahí sí que se me cortó la risa porque no entendí tanto el término, no sabía que era una expresión muy usada en estos pagos o en estas edades, pero intuí su alcance y su extensión al estar unido al término chico. Cuando vio mi cara se largó a reír de nuevo y me palmeó la espalda. Nos fuimos a tomar un café y le conté por arriba mis cuitas, pero no le pregunté nada sobre esa palabra, que había calado hondo. Y aquí estoy con Ud. Escribí esa larga lista de pequeñeces y cosas grandes, pero tal vez todas se resuman en la palabreja. Creo, creí tener siempre veintiocho años, añitos, no puedo conformarme con el paso del tiempo, es simple, no puedo, aunque reconozco con pesar que desde hace unos dos años mi idea de mí, hablo de mi idea física, porque de la espiritual ya me tocará exponer, se va acercando peligrosamente a la realidad, a la verdad. No quiero detenerme mucho por ahora en esto, porque me parece una derrota, una claudicación, como mi extrasístoles. Quería triunfar sobre mí mismo, sobre el tiempo… y durante mucho lo conseguí, pude imponerme, porque todo el mundo me decía… y me dice… que estoy igual, que no he cambiado nada, pero yo ya no me engaño, ya no me veo como era, como soy estaba por escribir, o sea que sí me veo como soy, empiezo a verme, y eso es desconcertante y resbaladizo. Hace unos días, en medio de un asado, un amigo de alguien, a quien no conocía, no había visto nunca, mientras el asador repartía los trozos, dijo: ¿Y al abuelo qué le damos?, provocando la risa de todos y mi mueca gentil, pero cuando al ratito insistió con eso de al abuelo qué le damos le planté dos dedos en la cara y le musité, para que no se escuchara en toda la mesa: Se fue la segunda… Quedó medio mustio pero como se ve que es terco y huevón al rato redundó: Y qué le damos al jovencito que no le gusta que le digan abuelo… Le dije: Esta es la tercera, y casi le agrego: Gordo puto. Era gordito y maricón. No lo dije, me tragué el insulto, pero se lo merecía por desubicado, agresivo y nena. En fin, se ve que no me deja tan tranquilo esta vaina, este asunto, vaina se me pegó para siempre de cuando viví en Caracas, dos años, un lugar que no me gustaba, y mamma mia y ecco! se me pegaron de Italia, pero como ahí fueron ocho años hay montones de construcciones del decir y gramaticales que se me activan sin darme cuenta, por ejemplo una manera de construir las oraciones, al escribir, de pies a cabeza, o sea dadas vuelta, como no se estila en castellano o en argentino, si capisce?

La cuestión es que ando prevenido, conmigo, con la edad, con les choses de la vie y con las cosas alrededor, como se ve en lo que ahorita le cuento…

Anteriormente, en Engañapichanga:

Autores

  • Licenciado en Cine UNC, luego integrante del LTL. Vivió exiliado 10 años y a su regreso, en 1984, fue director de teatro de varios grupos reconocidos y docente en Cine y Teatro de la UNC, de donde se jubiló en 2017. Desde 2008 escribe novelas y relatos autobiográficos. Ya tiene 16 libros publicados, entre los que se destacan El chico y Perla, un retrato del vínculo con su madre.

  • Ilustrador, artista plástico, humorista. Publica y publicó en todos los medios que vale la pena. Hace buenos asados, vive con Marisa y tiene un perro que se llama Teo.

Un comentario

  • Ese muchacho debe tener 29 años, no más, está calcado. Qué neurótico es.

Los comentarios están cerrados.

Vuelve al inicio